financiar estudios, reducir nuestras deudas, apoyar asociaciones para niños sordos.
Pero el verdadero milagro reside en otra parte.
Dos bebés abandonados a la intemperie se han convertido en dos adolescentes capaces de cambiar la percepción de la discapacidad. No a través de la compasión, sino proponiendo soluciones concretas.
Una tarde, Lina hizo la seña de “Gracias por recibirnos”.
Inès añadió: “Gracias por aprender nuestro idioma”.
Los abracé con fuerza y respondí, con las manos temblorosas:
“Los encontré en una acera helada. Me prometí a mí mismo que nunca los abandonaría”.
A menudo me dicen que yo los salvé.
Pero en el fondo, sé una cosa: ellos son quienes le dieron un nuevo sentido a mi vida.