—Perdón, Beatriz. Es que… no quería ser irrespetuoso.
—Lo irrespetuoso sería dejarme caer en medio de la postura del árbol.
Se rió. Tiene una risa hermosa, ¿saben?
Después de un mes de clases, me invitó a tomar un café. ¡Un café! A mis 86 años, tengo una cita con un hombre de 55. Mi nieta casi se desmaya cuando se lo conté:
—¡Abuela! ¡Tiene 31 años menos que tú!
—Y tu abuelo salía con alguien seis años menor que yo. Al menos yo sí estoy soltera.
—¡Pero abuela, esto es diferente!
—Tienes razón, mi cita no necesita bastón.
No pueden imaginar las caras de mi familia cuando Jorge vino a recogerme para nuestro primer café. Llegó con flores, abrió la puerta del auto y, cuando nos fuimos, vi por el espejo retrovisor a toda mi familia en el jardín con la boca abierta.
¿Saben qué es lo mejor? Que no aparento mi edad. Jorge pensaba que tenía como 70. Cuando le dije la verdad, casi se atraganta con su capuchino:
—¿86? ¡No puede ser!
—Los buenos genes y la crema de noche, cariño.
Ahora todos me preguntan qué va a pasar. Mi esposo me llama todos los días desde la casa de mi hijo, donde tuvo que quedarse a vivir:
—Beatriz, por favor, hablemos…
—No tenemos nada de qué hablar, Ernesto.
—Fue un error…
—El error fue pensar que no me iba a enterar.
Mis amigas del club de lectura están divididas. La mitad me apoya totalmente. La otra mitad piensa que estoy teniendo una crisis de los 86.
Pero yo me siento viva. Por primera vez en años, me siento viva. Voy a yoga, salgo a tomar café, me río sin tener que fingir…
Jorge me dice cosas bonitas. Me trata con respeto. Y lo más importante: no anda engañando a nadie en clases de ejercicio.
Ahora ustedes díganme: ¿estoy loca por divorciarme a los 86 años y empezar de nuevo, o finalmente estoy haciendo lo correcto?
Una tarde, mientras estirábamos en la colchoneta después de yoga, Jorge me miró con esa calma que solo tienen las personas que no quieren poseerte, sino acompañarte.
—Beatriz —me dijo—, quiero que sepas algo. Yo no estoy aquí para reemplazar nada ni a nadie. Estoy aquí porque contigo me siento en paz.
No le respondí enseguida. Cerré los ojos, respiré hondo y pensé en todo lo que había vivido: ochenta y seis años de rutinas, sacrificios, silencios tragados, perdones concedidos por costumbre y no por amor. Pensé en la Beatriz joven que soñaba, en la Beatriz madre que resistía, y en la Beatriz esposa que muchas veces se dejó para después.
Y entonces lo entendí.
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