No me divorcié para estar con otro hombre.
No empecé yoga para competir con nadie.
No salí a tomar café para demostrar nada.
Me divorcié para no traicionarme a mí misma.
Una semana después, acepté sentarme frente a Ernesto por última vez. No para reconciliarnos, sino para cerrar la puerta con dignidad.
—No te odio —le dije—. Pero tampoco me debo quedar donde ya no me respetan. A esta edad, el tiempo no se perdona.
Me miró con los ojos llenos de arrepentimiento. Quizás sincero, quizás tardío. Pero ya no importaba.
—Cuídate —le dije al levantarme—. Yo voy a hacer lo mismo.
Hoy, cuando mis bisnietos me preguntan si no tengo miedo de estar sola, les sonrío.
—La soledad no es estar sin alguien —les digo—. La soledad es olvidarte de quién eres estando con alguien.
No sé qué pasará mañana. Tal vez Jorge y yo solo compartamos cafés y risas. Tal vez no. Pero ahora camino erguida, con mi corazón despierto y mis decisiones claras.
Y si alguien me pregunta si estoy loca por empezar de nuevo a los 86 años, siempre respondo lo mismo:
—Loca no. Valiente.
Porque nunca es tarde para elegirte.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»