Tengo 86 años y acabo de hacer algo que toda mi familia considera una locura: pedí el divorcio después de descubrir que mi esposo de 89 años me traicionaba.
Sí, leyeron bien. ¡INFIEL A LOS 89 AÑOS!
Cuando descubrí lo que estaba pasando, llamé a mi hija inmediatamente.
—Mamá, cálmate —me dijo mientras yo caminaba de un lado al otro de la sala—. Papá está mayor, seguro fue un desliz, una confusión…
—¿Confusión? ¡La confusión es cuando te olvidas dónde pusiste los lentes, no cuando traicionas tu matrimonio con tu compañera de yoga!
—¿De yoga? ¿Papá hace yoga?
—¡Aparentemente hace más que yoga!
Y sí, señoras y señores, mi esposo me fue infiel con su compañera de clase de yoga. Una “jovencita” de apenas 80 años. ¡Seis años menor que yo! Presumiendo su “juventud”.
Todo el mundo me decía que estaba loca:
—A tu edad, ¿para qué divorciarte?
—Ya son muchos años juntos…
—Piensa en la familia…
Pero yo no iba a quedarme de brazos cruzados. Lo eché de la casa con sus maletas y su bastón. Verán qué imagen: ahí iba él, arrastrando su equipaje con rueditas por el camino de entrada, apoyándose en su bastón ortopédico. Hasta tuve que ayudarlo a bajar las escaleras del porche, ¡pero eso no significa que lo perdonara!
Mis bisnietos —porque ya tengo mucha familia— se dividieron en dos bandos:
—Bisabuela, tienes que mantenerte firme —decía Sebastián, el mayor—. ¡Tú vales mucho!
—Pero bisabue —interrumpía la pequeña Martina—, el bisabuelo se ve tan triste… ¿no lo extrañas?
La familia organizó no una, no dos, sino tres cenas de “reconciliación”. Imagínense la escena: toda la familia alrededor de una mesa enorme, mi esposo en un extremo, yo en el otro, y todos los demás pasándome platos como si fuéramos dos jefes de Estado en negociaciones de paz.
—Pásale el puré a tu abuela…
—Que tu abuelo pruebe de tu ensalada…
¡Por favor! Pero yo no di mi brazo a torcer.
Y entonces pasó algo maravilloso: después de pedir el divorcio, decidí empezar a ir a yoga. ¡Sí, a yoga! Si mi esposo podía hacerlo, ¿por qué yo no?
Ahí fue donde conocí a Jorge.
Jorge es mi terapeuta físico. Tiene 55 años. Cuando nos conocimos en la clase de yoga, él me dijo:
—Disculpe, ¿necesita ayuda con esa postura?
—¿Disculpe? Tengo nombre, ¿sabes? Me llamo Beatriz.
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