Cuando el ginecólogo retiró lentamente el transductor, el silencio en el consultorio se volvió pesado, casi insoportable. Larissa buscaba en su rostro una sonrisa, una confirmación, cualquier gesto que le asegurara que todo estaba bien.
Pero no la encontró.
—Señora Larissa —dijo él finalmente, con voz controlada—. Necesito que me escuche con mucha calma.
Ella apretó las manos sobre su vientre.
—¿Es niño o niña?
El médico respiró hondo.
—No hay ningún bebé.
Las palabras no entraron de inmediato. Rebotaron en su mente como algo absurdo.
—Eso es imposible —susurró—. Yo lo he sentido. Se mueve. Crece.
El médico giró la pantalla hacia ella. Allí no había una silueta pequeña, ni latido, ni extremidades formándose. Lo que se veía era una masa irregular, grande, ocupando casi toda la cavidad abdominal.
—Lo que usted tiene es un tumor de gran tamaño. Probablemente ovárico. Y por las características que estoy observando… es urgente hacer más estudios.
Larissa sintió que el aire se le escapaba del pecho. Miró la pantalla una y otra vez, buscando la forma de una cabeza, de un pie, cualquier cosa que contradijera al doctor.
—No… usted está equivocado. Yo he estado embarazada antes. Esto se siente igual.
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