Pero pase lo que pase, sé una cosa con absoluta certeza:
Nunca más confundiré control con cuidado.
Nunca más me encogeré para hacer sentir cómodo a alguien más.
Y nunca más volveré a ignorar esa pequeña y persistente voz de inquietud que conoce la verdad antes de que tu cerebro esté listo para aceptarla.
Esa voz me salvó la vida.
Y finalmente estoy aprendiendo a escucharlo.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»