Y lo estaba.
Mi hija.
Mi milagro.
La llamé Lilia, como la flor que mamá cultivaba en el jardín.
Tenía los ojos claros, exactamente como los suyos.
Y, curiosamente, no sentí amargura.
Solo paz.
Porque por fin entendí algo que me había costado meses aceptar: él no merecía conocer la mejor parte de mí.
Tres días después, aún en el hospital, intentaba adaptarme a esta nueva vida.
Lilia dormía a mi lado, su manita aferrada a mi dedo.
Acababa de terminar de amamantarla cuando tocaron suavemente la puerta.
El corazón se me aceleró.
Miguel no se parecía en nada al hombre que dijo “haz lo que quieras”.
Tenía el cabello revuelto, la cara pálida, los ojos hinchados. Parecía no haber dormido en días.
—¿Puedo pasar? —preguntó, casi en un susurro.
Dudé, pero asentí.
Entró. Sus ojos se posaron en Lilia y respiró hondo.
—Se parece muchísimo a mí.
La abracé un poco más fuerte, sin decir nada.
Se detuvo al pie de la cama, sin acercarse más.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Fui un idiota —dijo—. Mis amigos dijeron cosas… me metieron dudas. Dijeron que eras demasiado perfecta, que quizá no era mía. Y les creí. Dejé que el miedo ganara. Me odio por eso.
Lo miré y hablé con voz tranquila, pero firme.
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