PARTE 1
El viento helado de la sierra mexiquense se colaba por las tablas podridas de la cabaña abandonada. El agua goteaba del techo de lámina oxidada, marcando 1 ritmo fúnebre en el suelo de tierra. Afuera, 1 hoja seca raspaba contra la puerta de madera como si fueran las uñas de 1 muerto pidiendo entrar. Elena intentó mover los dedos. La mano derecha le respondió con 1 espasmo débil, pero el brazo izquierdo parecía estar hecho de cemento armado.
—No me voy a morir en este agujero— susurró, con la garganta seca y partida.
Pero su cuerpo ya no parecía pertenecerle. La visión se le oscurecía por oleadas. A ratos, en medio del delirio, escuchaba la voz de Raúl. A ratos, su risa encantadora. En ciertos momentos, su mente la arrastraba de vuelta a la enorme y lujosa cocina de su mansión en Polanco, sentada frente a la isla de mármol mientras él le ponía 1 taza humeante enfrente.
—Tómatelo todo, mi reina. Es 1 té de tila con unas gotitas naturistas que traje del mercado de Sonora. Te va a quitar esa taquicardia— le decía él, besándole la frente.
Taquicardia.
Dolor de estómago.
Temblores incontrolables.
Debilidad extrema.
Elena sintió 1 frío que le calaba hasta los huesos. No era 1 enfermedad misteriosa lo que la estaba consumiendo en los últimos 6 meses. Alguien estaba alimentando esa muerte gota a gota.
No supo cuánto tiempo pasó tirada en ese piso húmedo. Tal vez 40 minutos. Tal vez 12 horas. Cuando por fin logró abrir los ojos pesadamente, 1 luz amarillenta y cálida parpadeaba contra las paredes sucias. 1 hombre estaba parado cerca de la entrada. Era alto, de hombros anchos, con 1 barba oscura salpicada de canas, 1 chamarra de cuero gastada sobre su camisa de franela y 1 maletín negro en la mano. Detrás de él, 1 niña pequeña se asomaba con curiosidad.
—Apá, es ella. La señora de ciudad que el hombre de la troca dejó tirada— dijo la niña, abrazando a 1 muñeca de trapo.
El hombre se acercó en 3 zancadas sin perder tiempo. Tomó la muñeca de Elena. Le levantó el párpado. Acercó su oído a la respiración irregular de su pecho y palpó su abdomen con 1 precisión que no correspondía a la sierra. Su rostro se endureció como la piedra.
—¿Qué te has estado tomando en los últimos 15 días?— preguntó con voz ronca.
La voz de Elena era apenas 1 hilo de aire.
—Medicinas… tés de hierbas… vitaminas… todo lo que mi esposo me preparaba.
El hombre se quedó 5 segundos en un silencio absoluto. Fue la primera vez que Elena vio 1 rabia tan silenciosa y profunda. No hizo escándalo. No gritó. Fue mucho peor.
—Sofía, córrele a la casa— ordenó el hombre—. Tráeme la cobija de lana, 3 botellas de agua limpia y la caja de madera que está arriba del trastero.
—¿Se va a morir, apá?— preguntó la niña con los ojos muy abiertos.
—No mientras yo esté aquí parado.
No sonó como 1 promesa para calmar a 1 niña. Sonó como 1 orden militar.
Durante las siguientes 4 horas, Elena luchó contra 1 oscuridad densa que intentaba tragarla viva. Sintió agua fría en los labios quemados, 1 sabor amargo a carbón activado en la lengua, y unas manos firmes levantando su cuerpo pesado, haciéndola vomitar y presionando los puntos exactos para mantener su corazón latiendo.
Cuando volvió a abrir los ojos, el olor a tierra mojada había desaparecido. Estaba en 1 cuarto pequeño de paredes blancas, con olor a leña, alcohol médico y café de olla. Sofía dormía en 1 silla de tule. El hombre la observaba desde la esquina.
—¿Dónde estoy?— preguntó Elena.
—En mi casa. Soy Mateo. Para mi hija, su papá. Para el pueblo, el curandero que arregla huesos. Para mi vida de hace 10 años… médico cirujano. Te están envenenando, mujer.
Escucharlo en voz alta fue como recibir 1 puñalada. Raúl. El hombre al que le había dado 1 apellido respetable, cuentas bancarias, autos de lujo y 1 lugar en la alta sociedad. El vividor que la llevó a la sierra para ahorrarse el divorcio y quedarse con la herencia.
—Tenemos que llamar a los ministeriales— dijo Mateo, sacando 1 celular viejo.
—No— Elena lo frenó—. Aún no. Si él sabe que estoy viva, huirá. Necesito que regrese.
Con las pocas fuerzas que le quedaban, Elena llamó a su abogada en la Ciudad de México y armó 1 trampa perfecta. Le ordenó hacerle creer a Raúl que faltaba 1 firma en 1 documento clave sobre el fideicomiso de las empresas, y que ella lo llevaba escondido en su abrigo. La ambición es el peor enemigo del criminal.
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