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Su propio esposo la envenenó y la abandonó en la sierra para dejarla morir, pero en la cabaña que sería su tumba, alguien inesperado la estaba esperando.

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Pasaron 3 noches. Afuera de la cabaña abandonada en medio del bosque, se detuvo 1 camioneta de lujo. Raúl bajó con 1 linterna y 1 pala. A su lado, su amante, 1 joven con botas de diseñador que se quejaba del lodo, caminaba a regañadientes.

—Este lugar apesta, Raúl. ¿Estás seguro de que la bruja traía los papeles aquí?— se quejó ella.
—Cállate. Entramos, busco en sus bolsillos y nos largamos con la empresa entera— respondió él con 1 sonrisa torcida.

Raúl pateó la puerta podrida. Iluminó el suelo de tierra donde había dejado a su esposa agonizando. Pero no había ningún cuerpo.

La sonrisa se le borró de golpe. Era imposible creer lo que estaba a punto de desatarse.

PARTE 2

Raúl dio 2 pasos erráticos hacia atrás, tropezando con 1 tabla suelta. La luz de su linterna temblaba, barriendo frenéticamente las paredes vacías de la cabaña. Su amante, Paola, se cruzó de brazos, tiritando bajo su abrigo de marca.

—¿No que la habías dejado aquí? ¡Me hiciste arruinar mis zapatos de 15 mil pesos para nada!— reclamó la joven, ignorando por completo la gravedad de la situación.

—¡Cierra la boca!— le gritó Raúl, con el rostro pálido y sudoroso—. Ella estaba aquí. No podía ni moverse. Era imposible que saliera caminando sola.

De pronto, desde el rincón más oscuro, donde la luz de la linterna no lograba penetrar, surgió 1 voz. Limpia, serena y cargada de 1 autoridad que hizo que a Raúl se le helara la sangre en las venas.

—¿Buscabas esto, mi amor?

Raúl giró bruscamente la luz. Allí, sentada en 1 silla vieja de madera, con la espalda recta y 1 mirada que cortaba como el cristal roto, estaba Elena. Llevaba 1 ruana tejida sobre los hombros. Estaba pálida, mucho más delgada que hace 1 semana, y todavía se notaba la debilidad en su postura. Pero estaba viva. Y en sus manos sostenía 1 sobre manila idéntico al del fideicomiso.

Paola soltó 1 grito ahogado y retrocedió hasta chocar con el marco de la puerta.

El instinto de supervivencia de Raúl, entrenado durante 5 años de mentiras en los círculos más exclusivos de México, lo hizo reaccionar. Su rostro cambió en 1 fracción de segundo. La máscara de viudo afligido volvió a su lugar.

—¡Elena! ¡Mi vida! ¡Gracias a la Virgen de Guadalupe!— exclamó, dando 1 paso hacia ella con los brazos abiertos—. Te he estado buscando como loco. Fui a buscar ayuda a la carretera, me perdí en esta maldita sierra, y cuando logré regresar, ya no estabas. Pensé lo peor…

Elena no parpadeó. Sus ojos oscuros se clavaron en la pala que Raúl había dejado caer al suelo.

—¿Y trajiste 1 pala para ayudarme a caminar de regreso a casa, Raúl? ¿O trajiste a tu amante para que te ayudara a cavar más rápido?

Raúl tragó saliva. La fachada comenzó a agrietarse.
—No sé de qué hablas. Ella es… ella es 1 enfermera que contraté para que me ayudara a buscarte. Estás confundida, mi amor. Son los nervios. Tu cabeza te está jugando trucos otra vez, como allá en la casa.

—¿Los nervios?— Elena soltó 1 risa seca, desprovista de cualquier alegría—. ¿O los 82 miligramos de veneno que llevas poniéndole a mis tés, a mis caldos y a mis vitaminas durante los últimos 6 meses?

La tensión en la cabaña era tan densa que asfixiaba. Raúl endureció la mandíbula. Ya no había testigos de su alta sociedad. Estaba en medio de la nada, frente a 1 mujer a la que creía derrotada.

—Estás loca— siseó Raúl, perdiendo por fin el tono dulce—. Siempre fuiste 1 vieja paranoica y controladora. Nadie te va a creer. Todo el mundo en la empresa sabe que estás enferma de la cabeza. Saben que viniste a la sierra por tu propia voluntad buscando curanderos. Dame esos papeles.

Raúl dio 2 pasos amenazantes hacia ella. Fue entonces cuando la sombra detrás de Elena se movió.

Mateo dio 1 paso al frente, interponiéndose entre Raúl y Elena. Era 1 muro de músculos, curtido por el trabajo en la sierra. Su expresión era ilegible, pero sus puños estaban cerrados con tanta fuerza que los nudillos se le veían blancos.

—¿Y tú quién diablos eres, pinche campesino?— escupió Raúl, intentando lucir más grande de lo que era—. Quítate del camino. Esto es un asunto de familia.

—Soy el hombre que le quitó a tu esposa la porquería que le diste a tragar— respondió Mateo con voz grave—. Y te aseguro que no soy el único que te está escuchando.

Raúl, cegado por la furia y la desesperación de perder la fortuna que ya sentía suya, se agachó torpemente y agarró el mango de la pala. Se abalanzó contra Mateo lanzando 1 golpe brutal hacia su cabeza.

Paola gritó aterrorizada. Elena ni siquiera se inmutó.

Antes de que el metal tocara a Mateo, el ex cirujano bloqueó el golpe con 1 brazo, agarró la muñeca de Raúl con la otra mano y aplicó 1 torsión seca. Se escuchó el crujido del hueso. Raúl aulló de dolor, soltando la pala y cayendo de rodillas sobre el lodo de la cabaña.

En ese exacto instante, las luces rojas y azules de 4 patrullas iluminaron los árboles de la sierra. La puerta fue empujada con violencia y 6 agentes ministeriales entraron apuntando sus armas, seguidos por Valeria, la implacable abogada de Elena, quien grababa todo con su celular.

Elena se abrió el abrigo. Debajo de la tela, 1 pequeño micrófono parpadeaba con 1 luz verde. Todo el discurso de Raúl, toda su agresividad y la mención de la pala, había sido transmitido en vivo a la fiscalía.

Raúl miró el micrófono y el color abandonó su rostro. Se dio cuenta de que no había venido por 1 firma. Había manejado 3 horas para caminar directamente hacia su propia celda.

—¡Yo no hice nada!— gritó Paola, llorando histéricamente mientras 1 mujer policía le ponía las esposas—. ¡Él me obligó! ¡Él compraba los frasquitos de gotas en 1 laboratorio clandestino! ¡Yo solo quería que me comprara el departamento en Santa Fe, pero él la envenenó!

La traición entre cobardes es siempre la más rápida. La lealtad no existe cuando se trata de gente que solo ama el dinero. El imperio de mentiras de Raúl se derrumbó en menos de 2 minutos.

En los cateos posteriores realizados en la mansión de Polanco, los peritos encontraron 1 libreta escondida en la caja fuerte de Raúl. El muy idiota había anotado con fechas y horarios cada dosis que le daba a Elena, monitoreando su deterioro para calcular el momento exacto en que debía declararla incapaz. No era 1 criminal brillante; solo era 1 hombre lo suficientemente cruel y avaricioso como para intentar salirse con la suya.

La recuperación de Elena fue larga y dolorosa. Hubo noches en las que despertaba temblando, sintiendo el sabor a tierra en la boca. Hubo mañanas en las que no podía sostener 1 vaso de agua sin que se le resbalara de las manos débiles. Pero la muerte no la había querido, y ella decidió abrazar la vida con 1 fuerza que no sabía que tenía.

Cuando el juicio comenzó 8 meses después, Elena entró a los juzgados de la Ciudad de México caminando con la frente en alto, impecable en 1 traje sastre oscuro. Ya no era la mujer moribunda de la cabaña. Era 1 huracán buscando justicia.

Raúl estaba sentado en el banquillo de los acusados. Lucía demacrado, sin sus trajes de lino a la medida ni su reloj suizo. Intentó mirarla con ojos de cordero degollado, buscando 1 gramo de la lástima que ella le había tenido durante 5 años. Pero no encontró nada.

Nadie le creyó. Ni el juez, ni los 12 peritos médicos, y mucho menos Mateo, que asistió al juicio y se sentó en silencio en la última fila, observando todo con los brazos cruzados.

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