Rosa Martínez puso dos tazas sobre la mesa, aunque desde hacía tres meses una de ellas siempre se quedaba intacta.

—Mira, viejo —susurró, sirviendo café con canela frente a la silla vacía—. Las rosas blancas ya despertaron. Las que tú plantaste junto al pozo.

Sus manos, morenas y fuertes, temblaban un poco. No por la edad, sino por esa tristeza que se mete en los huesos cuando una casa pierde la voz de quien la llenaba.

Salvador había muerto en enero, después de una vida entera dedicada a la tierra, a las flores y a Rosa. Juntos habían levantado La Rosaleda desde la nada: primero una parcela seca, luego un vivero pequeño, después un jardín famoso en toda la región. Allí se vendían arreglos para bodas, funerales, fiestas patronales y bautizos. Allí la gente llegaba no solo por flores, sino por consejo, por café, por un rato de paz.

Rosa hablaba con la silla vacía porque amar también era recordar. Pero su hija Tamara no lo veía así.

El rechinido de unas llantas en el patio rompió el silencio. Rosa se asomó por la ventana y vio el auto rojo de Tamara detenerse frente a la casa. De él bajaron dos hombres vestidos de blanco. No parecían doctores. Parecían guardias.

Rosa abrió la puerta con el corazón apretado.

—Tamara, hija, ¿qué pasa?

Tamara entró sin saludar. Llevaba los labios pintados de rojo fuerte, tacones altos y una blusa que parecía demasiado elegante para esa mañana de campo.

Sus ojos fueron directo a la taza de Salvador.

—¿Otra vez hablando sola con papá? —dijo con desprecio—. Esto ya se salió de control, mamá.

—No hablo sola. Hablo con su recuerdo.

Tamara respiró hondo, como actriz antes de entrar en escena. Luego tomó un plato de barro y lo estrelló contra el piso.

Rosa dio un salto.