Rosa dio un salto.
—¿Qué haces?
Tamara se rasgó la manga de la blusa, se arañó el brazo con sus propias uñas y gritó:
—¡Mamá, por favor! ¡No me ataques otra vez!
Los hombres de blanco entraron de inmediato.
—¡No la he tocado! —dijo Rosa, confundida—. ¡Está mintiendo!
Tamara lloraba sin lágrimas.
—Desde que murió mi papá perdió la razón. Habla con él, ve cosas, me amenaza. Hoy quiso herirme con un cuchillo.
—¿Qué cuchillo? —Rosa levantó las manos vacías—. ¡Mírenme!
Pero nadie miró. O no quisieron mirar.
Uno de los hombres la tomó por los brazos. El otro sacó una camisa de fuerza doblada.
—Señora, cálmese.
Rosa buscó los ojos de Tamara, esperando encontrar a la niña que había cargado dormida, a la muchacha que había peinado para su primera comunión, a la hija por quien había trabajado bajo el sol.
Lo único que encontró fue una sonrisa pequeña, escondida en una esquina de la boca.
Tamara se acercó a su oído y murmuró:
—La tierra no da suficiente para lo que necesito, mamá. Pero vendida a la persona correcta, esta finca vale una fortuna.
Rosa sintió que el mundo se le partía.
—Esta tierra es de tu padre. Es de nuestra familia.
—Era —corrigió Tamara—. Ahora tú estás enferma y yo tengo que hacerme cargo.
La sacaron arrastrando por el patio. Los vecinos, que volvían de misa, se detuvieron en la calle.
—¿Qué le pasa a doña Rosa? —preguntó doña Carmen, la panadera.
Tamara salió al portal con el brazo arañado.
—Perdónenme por esta vergüenza —dijo, llevándose una mano a la frente—. Mi madre necesita ayuda. Ya no sabe lo que hace.
—¡Mentira! —gritó Rosa—. ¡Quiere vender La Rosaleda!
Los murmullos se levantaron como avispas. Un hombre le tapó la boca. En ese momento apareció Valentina, su nieta de dieciséis años, corriendo desde la casa.
—¡Suéltenla! —gritó—. ¡Mi mamá está mintiendo!
Tamara cambió de cara.
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