PARTE 1
Rosa trabajaba en 1 fonda de carretera sobre la vieja carretera federal 57, justo en el tramo donde el calor del desierto de San Luis Potosí parece derretir el asfalto. No era 1 lugar elegante, pero era de los de verdad. Olía a tortillas de maíz recién hechas, a frijoles de la olla y a café de olla humeante. Por ahí pasaban traileros con prisa, familias cansadas y almas perdidas que comían en silencio antes de seguir su camino.
A sus 52 años, Rosa llevaba todo el día de pie. Le dolían las rodillas, tenía la espalda cargada por las 12 horas de turno y solo pensaba en limpiar la barra de metal, hacer el corte de caja y regresar a su pequeña casa. Pero la paz nunca le duraba. La puerta de mosquitero crujió y entró su hijo, Raúl.
Tenía 19 años, una mirada arrogante y el carácter envenenado por las malas compañías. Raúl no venía a ayudar. Venía por dinero.
—Jefa, dame la lana de las propinas —exigió Raúl, golpeando la barra con la palma abierta—. Mis compas me están esperando afuera.
—No, Raúl —respondió Rosa con voz firme, aunque el pecho le temblaba—. Ese dinero es para pagar la luz y el gas. Ya tienes edad para buscar 1 jale y ganarte tus propios pesos.
Raúl soltó 1 maldición al aire, pateó 1 silla de plástico y la miró con desprecio.
—Eres 1 miserable. Prefieres ver a tu hijo mendigando que soltar 1 peso —escupió él, caminando hacia la salida—. Te espero en la camioneta. O sales con la lana en 5 minutos, o te olvidas de que tienes hijo.
Rosa se quedó paralizada, tragándose las lágrimas. En ese momento, la puerta volvió a abrirse. Entró 1 muchacho. Tendría unos 18 años. Era delgado, extremadamente pálido, con 1 chamarra deportiva que le quedaba demasiado grande y unos tenis rotos. Colgando del hombro llevaba 1 vieja mochila escolar medio abierta. Dentro, Rosa alcanzó a ver 2 playeras mal dobladas, 1 cepillo de dientes y 1 sobre arrugado. Nada más.
El muchacho se acercó a la barra con los hombros encogidos, sin atreverse a mirarla a los ojos. Abrió su mano temblorosa y dejó caer unas monedas pequeñas sobre la cubierta de acero.
—¿Me alcanza para 1 café? —preguntó en 1 susurro casi inaudible.
Rosa bajó la mirada hacia las monedas. Eran exactamente 17 pesos en morralla desgastada.
No dijo nada durante varios segundos. El chico tenía la cara de quien está acostumbrado a que el mundo entero le diga que no, a que lo corran como a 1 perro callejero.
—Siéntate en aquella mesa de la esquina. El café te lo llevo yo —le dijo Rosa.
Él negó con la cabeza de inmediato.
—No quiero dar problemas, señora.
—No los estás dando.
Rosa le sirvió el café de olla. Luego fue a la cocina. Quedaba un poco de caldo de res, 3 tortillas calientes, media ración de chicharrón en salsa verde y 1 trozo de flan napolitano. Cuando le dejó el plato frente a él, el muchacho se puso tenso.
—Señora, no puedo pagar esto con 17 pesos.
—Y nadie te lo ha pedido. Come.
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