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El perro no dejaba de ladrar delante del ataúd, y cuando la gente comprendió el motivo, toda la ceremonia se convirtió en un momento inolvidable.

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Pero la verdad completa no saldría a la luz hasta tres días después.

En la blanca sala del hospital, Mihai permanecía sentado, apoyado en una almohada, aún débil. Las máquinas emitían pitidos suaves a su alrededor, y la luz de la mañana se filtraba a través de las persianas, dividiendo la habitación en tenues franjas.

Rex no se había separado de la puerta del salón ni por un instante.

Las enfermeras habían intentado sacarlo.

Él no quería.

Estaba tumbado, con la cabeza apoyada en las patas, pero cada vez que Mihai abría los ojos, su cola empezaba a golpear lentamente el suelo.

Laura entra en el salón con una carpeta en la mano.

Ya no llevaba puesto su uniforme oficial.

Solo una camisa lisa y ojeras muy marcadas.

—¿Cómo te sientes? —preguntó ella en voz baja.

Mihai sonrió débilmente.

— Como un hombre que vio su propio funeral.

Laura intentó sonreír, pero no lo consiguió.

Demasiadas preguntas le agobiaban.

Se acercó a la cama y dejó el archivo sobre la mesa.

— Mihai… los médicos dijeron que no fue un ataque al corazón.

Lentamente levantó la vista.

– Lo sé.

“¿Entonces qué era?”

Silencio.

Rex levantó la cabeza de repente.

Mihai se pasó la mano por la cara.

— Me envenenaron.

Las palabras cayeron con fuerza.

Laura sintió que se le helaba la sangre.

– ¿OMS?

Cerró los ojos por un instante.

“No lo sé con certeza. Pero estuve cerca de descubrir algo.”

Laura abrió el archivo inmediatamente.

“¿Algo relacionado con el caso del puerto?”

Mihai la miró sorprendida.

—¿Encontraste los archivos?

 

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