PARTE 1
“¡Abuela, haz una maleta ahora mismo y no le contestes a nadie!”
Mateo apareció en la cocina con la cara pálida, como si hubiera visto a un muerto en el sótano. Tenía polvo en el cabello, la camisa manchada y las manos temblándole. Yo estaba sentada junto a la mesa, con una taza de café que no podía beber porque el estómago se me revolvía otra vez.
—¿Qué pasó, mijo? —pregunté.
No respondió de inmediato. Solo puso su celular frente a mí y me mostró unas fotos: tubos, cables, una caja metálica pequeña escondida bajo el piso de mi recámara.
—Alguien instaló esto debajo de tu cuarto —dijo con la voz rota—. No es una fuga normal. Es un sistema hecho para soltarte monóxido de carbono mientras duermes.
Sentí que el aire se me iba.
Mi nombre es Elena Márquez. Tengo 68 años y durante cuarenta años viví en la misma casa en Coyoacán, una casa que mi esposo, Don Julián, construyó con sus propias manos. Cada puerta, cada repisa, cada gabinete de madera llevaba su trabajo. Él murió de un infarto hacía cuatro años, pero su presencia seguía en cada rincón.
Desde hacía dos meses yo amanecía con dolor de cabeza, náuseas, mareos. Había bajado mucho de peso. Mi hijo mayor, Roberto, decía que era la edad.
—Mamá, ya no tienes treinta años —me repetía—. Es normal que estés débil.
Dos semanas antes, una vecina me encontró tirada en el baño y llamó a la ambulancia. En el hospital me dijeron que tenía señales de exposición a monóxido de carbono. Roberto llegó muy preocupado, habló con el doctor en el pasillo y luego me llevó a casa.
—Seguro dejaste algo prendido —me dijo—. Pero ya revisé el detector. Funciona.
Lo presionó frente a mí. El aparato pitó. Yo quise creerle.
Después, Roberto empezó a venir más seguido. Dijo que sellaría unas ventilas viejas para que la casa no estuviera tan fría. También resanó una pared de mi recámara donde habían salido grietas. Yo pensé que me estaba cuidando. Era mi hijo. ¿Cómo iba a desconfiar?
Pero esa mañana llegó Mateo, mi nieto de 24 años, con el cinturón de herramientas de su abuelo puesto en la cintura. Él trabajaba en construcción, como Julián. Roberto siempre lo había menospreciado por no haber estudiado una carrera universitaria.
Mateo revisó las grietas, tocó las ventilas tapadas y se quedó callado. Luego abrió un pedazo de pared y encontró una rejilla original de Julián completamente sellada detrás del yeso nuevo.
—¿Quién hizo esto? —preguntó.
—Tu papá.
Después bajó el detector del techo, lo abrió y me mostró los cables.
—Está manipulado, abuela. Puede pitar, pero no detecta nada.
Ahí fue cuando bajó al sótano.
Tardó veinte minutos. Cuando regresó, ya no era el mismo. Me mostró las fotos del sistema escondido bajo mi cuarto: una línea conectada, un temporizador, cables ordenados con precisión.
—Esto no lo hizo cualquier persona —dijo—. Lo hizo alguien que sabe de ingeniería. Alguien como mi papá.
Roberto era ingeniero mecánico. Trabajaba en una empresa grande desde hacía veinte años. Siempre había sido orgulloso, serio, distante. Pero era mi hijo.
—No puede ser —susurré.
Mateo me tomó la mano.
—Abuela, tienes que confiar en mí. Empaca. No llames a mi papá. No llames a la tía Verónica. No le digas nada a nadie.
Verónica era mi hija menor. Trabajaba en una aseguradora. Su esposo llevaba meses enfermo y sus tratamientos eran carísimos. Roberto también andaba raro, más flaco, más desesperado. Su esposa, Patricia, casi no me miraba a los ojos últimamente.
Mi celular empezó a sonar. En la pantalla apareció: Roberto.
Mateo lo vio y negó con la cabeza.
—No contestes.
Miré hacia la ventana de la cocina. En la calle había un coche oscuro estacionado, demasiado quieto, como vigilando.
Metí ropa, medicinas, mi identificación y una foto de Julián en una maleta pequeña. Dejé atrás la casa donde había criado a mis hijos, la mesa donde cenábamos cada domingo, las paredes que mi esposo había levantado para protegernos.
Al salir, Mateo cerró la puerta con cuidado. Yo miré la fachada una última vez.
—Esta es mi casa —dije llorando.
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