Los mejores entrenadores de la capital se retiraron horrorizados.
Algunos, con irritación.
Otros, con desesperación.
Y algunos ya se han dado por vencidos.
Pero él…
Simplemente avanzó lentamente.
En su silla de ruedas.
Directamente hacia la bestia que nadie podía doblegar.
El exclusivo club ecuestre en las afueras de la capital parecía aquel día una arena de gladiadores.
Coches de lujo se alineaban en la entrada.
Hombres de traje conversaban en voz baja.
Mujeres con gafas oscuras sujetaban sus gafas con nerviosismo.
Todos vinieron a ver una sola cosa.
Un espectáculo.
Peligro.
Posiblemente sangre.
Estaba furioso en el centro de la arena.
Bureviy.
Negro como una noche sin luna.
Poderoso como una tormenta que arranca árboles de raíz.
Salvaje como la estepa misma de la que fue arrancado.
Lo trajeron aquí como un desafío.
Como un trofeo.
Como prueba de que no hay bestia que no pueda ser sometida.
Pero estaban equivocados.
Desde el primer día.
No cedió.
Nunca.
Sin látigos.
Sin hierro.
Sin gritos.
Sin fuerza.
Rompía bolígrafos.
Destrozaba tablas.
Atacaba a la gente.
Uno de los entrenadores seguía hospitalizado.
Otro renunció.
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