Un Restaurante Tranquilo en Querétaro
Donde todo comenzó
La Esquina del Laurel se ubicaba en una modesta calle del centro de Querétaro, a dos cuadras del mercado y a una cuadra del constante rugido de los camiones que pasaban.
A la hora del almuerzo, el aire se impregnaba del aroma de la sopa de fideos, las tortillas recién hechas y el café preparado en cafeteras de barro. Los platos tintineaban. Las sillas raspaban. Las voces se superponían. Todos parecían tener prisa, excepto en los momentos importantes.
Valeria Cruz, de veintitrés años, llevaba años viviendo con esa prisa.
Trabajaba allí desde la mañana hasta la noche. Después de cerrar, repartía comida en su motocicleta para poder pagar el alquiler de la pequeña habitación que compartía en un barrio obrero. Le dolían los pies. Una factura de luz vencida estaba doblada en el bolsillo de su uniforme.
Y tenía un hábito peligroso:
Incluso cuando estaba agotada, trataba el dolor ajeno como si fuera el suyo propio.
Por eso se fijó en ella.