—Sophie —una voz rompió el silencio de la oscuridad.
Levantó la cabeza, con el corazón latiéndole tan rápido que le dolía. La lluvia caía a cántaros, empapándole el pelo, la ropa, la piel, mezclándose con lágrimas que ya no podía separar de la tormenta.
Bajo el tenue resplandor amarillo de una farola parpadeante, vio una figura que se movía rápidamente hacia ella.
“…¿Ethan?”
Su voz se quebró al pronunciar su nombre.
Su hermano.
Su hermano mayor.
Aquel al que no había visto en meses porque Daniel siempre tenía una razón, siempre una excusa conveniente, para mantenerlo alejado.
Ethan no dijo nada al principio. Se acercó, se quitó la chaqueta y con delicadeza se la echó sobre los hombros, protegiendo su cuerpo tembloroso de la fría lluvia.
Entonces vio su rostro.
La marca roja en su mejilla.
Y algo en su interior cambió.
No es un shock.
No es confusión.
Algo más frío.
Revisado.
Peligroso.
—¿Quién te hizo esto? —preguntó en voz baja.
Sophie no respondió.
No tenía por qué hacerlo.
Ethan levantó lentamente la mirada hacia la casa que estaba detrás de ella.
Las luces seguían encendidas.
Las cortinas se movieron ligeramente.
Las sombras pasaban tras el cristal.
Él ya lo sabía.
Siempre lo había sabido.
Fue Sophie… quien se negó a verlo.
—Vamos —dijo con voz firme pero segura—. Te vas conmigo.
Ella dudó.
Sus ojos se desviaron hacia la puerta principal.
Esa casa.
Aquello en lo que había invertido años: su tiempo, su amor, su paciencia.
Aquella en la que ella creía que estaba su futuro.
Y ahora… en un instante, se había transformado en otra cosa.
Algo asfixiante.
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