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8 meses después de abandonarla, la vio en la calle y descubrió una mentira que le destrozó el alma…

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El amor, dicen algunos, es un hilo invisible que sostiene a dos personas incluso cuando el mundo a su alrededor se desmorona.

Pero para Diego, el amor no era más que una palabra vacía, una obligación impuesta por un padre severo en una noche cualquiera en su casa de Monterrey. Aquella noche, entre el sonido de los cubiertos y el rechinar de una vieja mecedora, el destino de Diego quedó sellado. Se casó con Elena, no porque su corazón ardiera por ella, sino porque era lo que se esperaba de un “buen hombre”. Elena era una mujer de fe, de manos cálidas y alma pura, perteneciente a una familia respetada. Era demasiado suave para decir que no, y trágicamente, amaba a Diego con una devoción absoluta y silenciosa.

Pero el problema con los amores no correspondidos es que, con el tiempo, se convierten en un eco doloroso en una habitación vacía. Elena amaba los silencios de su esposo, su mirada distante e incluso sus defectos. Creía fervientemente que, con paciencia y fe, el corazón de Diego algún día despertaría. Le preparaba café con canela todas las mañanas, le lavaba la ropa con esmero y escondía pequeñas notas de amor en los bolsillos de sus camisas. Mensajes sencillos como: “Anoche soñé que caminábamos por la playa” o “¿Sabías que sonríes cuando duermes?”.

 

Él encontraba esas notas, las leía con una mezcla de culpa y fastidio, y las guardaba en un cajón sin responder jamás. El hogar que compartían, construido con ladrillos y olor a leña, se sentía como una prisión helada. El viento del desierto soplaba por las ventanas, pero lo que realmente enfriaba la casa era la ausencia de amor.

Hubo una noche, sin embargo, en la que esa frialdad casi se rompe. Elena cayó enferma con una fiebre devoradora. Su cuerpo frágil temblaba bajo las sábanas, empapado en sudor. Diego, movido por un instinto que ni él mismo comprendía, corrió a la farmacia bajo una lluvia torrencial. Volvió empapado, le aplicó paños de agua tibia y veló su sueño durante toda la madrugada.

Cuando la fiebre cedió, ella se quedó dormida sobre el pecho de él. Por un instante, Diego sintió que algo cálido quería nacer en su interior. Pero a la mañana siguiente, cuando Elena despertó y le sonrió con los ojos llenos de gratitud, él simplemente se levantó, se puso su chaqueta y dijo fríamente que tenía que ir a trabajar. Las paredes volvieron a levantarse. El abismo entre los dos se hizo más profundo.

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