El desdén de Diego fue marchitando a Elena lentamente. Dejó de escribir notas. Dejó de preparar el café con canela. El silencio entre ellos creció hasta convertirse en un tercer habitante en la casa. Diego comenzó a llegar tarde, a veces con el aroma de otra piel impregnado en su ropa.
Elena lo sabía, las mujeres siempre lo saben, pero el dolor la había adormecido tanto que ya no le quedaban lágrimas para reclamar. Hasta que llegó aquella noche. Estaban sentados a la mesa, frente a dos platos de comida casi intactos. Diego soltó el tenedor, que resonó como un disparo en el silencio del comedor, y la miró a los ojos sin un rastro de compasión. “Quiero el divorcio”, sentenció. “Nunca te he amado. Mi corazón siempre fue de alguien más”.
Elena no lloró. El suelo se abrió bajo sus pies, pero por fuera, simplemente se levantó, recogió los platos y los llevó al fregadero con una calma que a él le resultó inquietante.
Dos días después, el destino le asestó un golpe irónico. Elena experimentó mareos y náuseas. Sola, en el baño de aquella casa fría, miró el test de embarazo que confirmaba lo que su cuerpo ya le gritaba: iba a ser madre. Cuando Diego cruzó la puerta esa tarde, ella lo esperaba de pie en el centro de la sala. “Estoy embarazada”, dijo, con la voz firme pero el corazón temblando. Diego retrocedió como si lo hubieran golpeado.
Su rostro se contorsionó en una mezcla de pánico y repudio. “No, no puede ser. Deshazte de eso”, le exigió con una crueldad que cortaba el aire. “Ya me voy. No me voy a quedar atrapado por un error que no elegí”. Elena no suplicó. No derramó una sola lágrima.
Lo miró con una frialdad nueva, una que él no le conocía, y respondió suavemente: “Está bien. Yo me encargaré de todo”. Diego suspiró, aliviado, creyendo que su pesadilla había terminado y que por fin era libre para vivir la vida que siempre quiso. No tenía ni la más remota idea de que aquella sumisión aterradoramente tranquila era solo el comienzo de la mentira más grande de sus vidas, un plan silencioso que terminaría por aplastar su orgullo y reescribir su destino para siempre.
A la mañana siguiente, antes de que el sol acariciara los techos de Monterrey, Elena tomó un lápiz labial y escribió en el espejo del baño: “Te deseo la paz, aunque no sea conmigo”.
Elena no volvió a mirarse en ese espejo después de escribir aquellas palabras. Dejó el lápiz labial sobre el lavabo, como si fuera una firma definitiva, y salió de la casa con una sola maleta y una fortaleza recién nacida en el pecho. No se despidió de nadie más que del silencio.
Tomó el primer autobús que salía de Monterrey rumbo a un pequeño pueblo en Coahuila donde vivía una tía lejana, una mujer mayor que siempre la había mirado con ternura y que nunca hizo demasiadas preguntas. Cuando la vio bajar del autobús con el rostro pálido y las manos aferradas a su vientre aún plano, la abrazó sin decir palabra. A veces el amor verdadero no necesita explicaciones.
Los primeros meses fueron duros. Elena consiguió trabajo en una panadería del pueblo. Sus manos, acostumbradas a preparar café con canela para un hombre que nunca lo agradeció, ahora amasaban pan al amanecer. El aroma a levadura y azúcar reemplazó el olor a leña de aquella casa fría. Las náuseas la acompañaban mientras trabajaba, pero nunca se quejó. Cada peso que ganaba lo guardaba con cuidado en una caja de madera bajo la cama.
Por las noches, se sentaba junto a la ventana y hablaba con el bebé que crecía en su interior.
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