El libro de cuentos de Aria que Lena había comprado con su propio dinero cuando la niña cumplió seis años.
Y una pequeña pulsera de hilo que Aria le había hecho una tarde lluviosa.
Eso era todo lo que quedaba de tres años de su vida.
Tres años en los que había visto a la niña crecer, perder su primer diente, aprender a leer, superar sus pesadillas nocturnas.
Tres años en los que Lena había estado allí para todo.
Mientras su padre, Alejandro Castillo, uno de los hombres más ricos de Filipinas, pasaba semanas enteras viajando entre Singapur, Dubái y Nueva York.
Lena nunca lo había juzgado.
Sabía que los hombres como él vivían bajo presiones que ella ni siquiera podía imaginar.
Pero siempre pensó que al menos confiaba en ella.
Al menos lo suficiente para despedirla mirándola a los ojos.
Pero no fue así.
Solo una llamada breve esa mañana.
El mayordomo tocando a su puerta.
—El señor Castillo dice que sus servicios ya no son necesarios. Debe abandonar la casa hoy.
Eso fue todo.
Sin preguntas.
Sin explicación.
Ahora Lena estaba casi al final de la escalera.
Dieciocho.
Diecinueve.
Veinte.
El portón estaba a solo unos pasos.
El chofer, Mateo, esperaba con el coche listo para llevarla al pueblo.
Lena respiró hondo.
Un paso más y todo terminaría.
Entonces lo escuchó.
—¡Lena!
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»