4. Justo antes de dormir, si usas agua muy caliente
A muchos les encanta tomar una ducha bien caliente como parte de la rutina nocturna, pensando que el calor los relajará y ayudará a dormir mejor. En realidad, pasa lo contrario. El agua caliente eleva la temperatura corporal y eso retrasa la liberación de melatonina, la hormona que regula el sueño. En pocas palabras: en lugar de prepararte para descansar, le mandas a tu cerebro la señal de que todavía es hora de estar despierto.
Si disfrutas de bañarte antes de dormir, la clave está en la temperatura. Una ducha con agua tibia (ni muy fría ni muy caliente) ayuda a relajar los músculos y al mismo tiempo favorece que el cuerpo empiece a enfriarse gradualmente, lo cual es perfecto para inducir el sueño.
5. Cuando estás con fiebre o tu presión está baja
Este punto es especialmente importante. Si tienes fiebre alta, tu cuerpo ya está lidiando con un desajuste de temperatura interna. Una ducha, especialmente caliente, puede empeorar el malestar, aumentar los escalofríos o incluso hacer que te sientas más débil. Por otro lado, si la presión arterial está baja, el calor del agua puede dilatar aún más los vasos sanguíneos y provocar mareos o desmayos.
En esos momentos, más que ducharte, lo recomendable es descansar, hidratarte y esperar a que el cuerpo se estabilice. En caso de fiebre, puedes usar paños de agua tibia para refrescarte sin someter al organismo a un choque de temperatura tan fuerte como el de una ducha completa.
Un ritual que merece conciencia
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