La dejó caer con fuerza.
Entonces ocurrió algo extraño.
No fue el sonido normal de la madera rompiéndose.
Fue diferente.
Un golpe hueco.
Como si algo dentro de la cama se hubiera liberado después de muchos años atrapado.
“PUM”.
Don Manuel se quedó inmóvil.
Bajó el hacha lentamente.
La grieta en la madera se abrió un poco más… y de su interior cayó algo pequeño envuelto en una tela vieja cubierta de polvo.
El viejo frunció el ceño.
Se agachó.
Tomó el objeto con manos temblorosas.
Era un pequeño paquete… escondido dentro de la estructura de la cama.
Don Manuel tragó saliva.
No tenía idea de cuánto tiempo llevaba allí.
Pero en ese momento, una sensación extraña recorrió su pecho.
Una sensación que le decía que aquella cama… no había llegado a sus manos por casualidad.
La hoja de papel temblaba sobre el suelo de cemento mientras el viento del canal se colaba en el pequeño patio. Don Manuel no se movía. Sus ojos seguían fijos en las últimas palabras de la carta, como si estuvieran escritas con fuego.
“Busque a Don Manuel Ortega, el carpintero del barrio San Gabriel.”
Sus labios se entreabrieron lentamente.
—Ese… soy yo… —susurró otra vez.
El viejo bajó la mirada hacia sus propias manos. Manos viejas, llenas de cicatrices, manos que durante décadas habían trabajado la madera sin imaginar que un día la madera misma le devolvería un pedazo de pasado.
Se agachó con dificultad y recogió la hoja.
Volvió a leer desde el principio.
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