ANUNCIO

Un anciano recogió una cama vieja tirada en la basura pensando venderla por unas cuantas monedas. Pero cuando la partió en dos, lo que encontró dentro lo hizo caer al suelo llorando.

ANUNCIO
ANUNCIO

Era demasiado pesada para ser solo madera.

Don Manuel se inclinó y miró por debajo. No vio nada extraño. Solo el polvo acumulado de años y un par de tablas gruesas.

Quizá la humedad había endurecido la madera. O quizá estaba llena de clavos.

—Bueno… igual sirve —dijo.

Se acomodó la gorra, apoyó el pie contra el marco y con un esfuerzo largo logró arrastrarla fuera del montón de basura. El ruido de la madera raspando el suelo resonó en el aire silencioso de la tarde.

Tardó casi quince minutos en subirla a su viejo carrito.

Mientras empujaba el peso de la cama por las calles estrechas del barrio, el cielo se volvió más oscuro y las primeras luces comenzaron a encenderse en las casas.

Nadie le prestó mucha atención.

En esa colonia todos estaban acostumbrados a ver a Don Manuel empujando cosas viejas.

Cuando finalmente llegó a su casa, la noche ya había caído.

El patio era pequeño. Un foco amarillo colgaba del techo, iluminando apenas el suelo de cemento y las herramientas viejas que aún conservaba de sus tiempos de carpintero.

Dejó la cama en medio del patio.

Se quedó mirándola un momento.

—A ver qué escondes… —murmuró.

Tomó el hacha.

No quería cargarla entera al día siguiente. Lo mejor era partirla y separar las tablas.

Levantó el hacha y golpeó.

CRACK.

La madera se abrió un poco.

Volvió a levantarla.

Segundo golpe.

La grieta se hizo más grande.

Tercer golpe.

Un pedazo del marco se desprendió.

Don Manuel respiró hondo. El esfuerzo le hacía doler la espalda, pero siguió trabajando.

Levantó el hacha por cuarta vez.

Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»

ANUNCIO
ANUNCIO