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Un anciano recogió una cama vieja tirada en la basura pensando venderla por unas cuantas monedas. Pero cuando la partió en dos, lo que encontró dentro lo hizo caer al suelo llorando.

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Aquella tarde, el viento que venía del pequeño canal detrás del barrio traía un olor espeso a tierra húmeda y basura vieja. Don Manuel Ortega ya estaba acostumbrado. Después de tantos años recorriendo los mismos caminos con su carrito oxidado, aquel olor era casi parte de su vida, como el crujido de sus rodillas o la soledad que lo esperaba cada noche en casa.

El sol comenzaba a caer sobre las láminas de los techos en la colonia pobre a las afueras de Guadalajara. La luz naranja se estiraba sobre los montones de chatarra y bolsas rotas. Don Manuel siempre decía, medio en broma, que esa era la “luz triste del día”. Porque justo a esa hora era cuando más recordaba a Rosa.

Rosa había muerto ocho años atrás.

Todavía podía verla en su memoria, parada en la puerta de la casa, con el delantal viejo y las manos agrietadas por el jabón. Siempre salía a esa hora para recibir el sol en la cara.

—El sol de la tarde cura el alma —decía ella.

Don Manuel nunca discutía con ella. Solo se sentaba a su lado.

Ahora el sol seguía cayendo igual… pero la silla a su lado estaba vacía.

Sacudió la cabeza y siguió buscando entre las cosas tiradas junto al basurero del barrio. Una botella aquí. Un pedazo de metal allá. Nada que valiera mucho. Quizá veinte o treinta pesos al final del día.

Entonces lo vio.

Debajo de un árbol viejo de laurel, medio enterrada entre colchones rotos y muebles abandonados, asomaba la esquina de una cama de madera.

Don Manuel se acercó despacio.

Era una cama antigua. Grande. De madera gruesa. Las patas estaban gastadas y el barniz casi desaparecido, pero el marco todavía se veía sólido.

—Hmm… —murmuró.

Se agachó, golpeó la madera con los nudillos.

Sonó fuerte.

No era madera podrida.

—Esto sí vale algo —dijo en voz baja.

Tal vez no mucho. Pero si lograba sacar la madera buena, podría venderla o usarla para hacer pequeñas repisas. En el peor de los casos, el peso del material le daría unos cuantos pesos más en el depósito de reciclaje.

Intentó levantar un lado.

No se movió.

Frunció el ceño.

Volvió a intentar, esta vez con más fuerza. La cama se arrastró apenas unos centímetros sobre la tierra.

—¿Pero qué demonios…?

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