Mientras empujaba el peso de la cama por las calles estrechas del barrio, el cielo se volvió más oscuro y las primeras luces comenzaron a encenderse en las casas.
Nadie le prestó mucha atención.
En esa colonia todos estaban acostumbrados a ver a Don Manuel empujando cosas viejas.
Cuando finalmente llegó a su casa, la noche ya había caído.
El patio era pequeño. Un foco amarillo colgaba del techo, iluminando apenas el suelo de cemento y las herramientas viejas que aún conservaba de sus tiempos de carpintero.
Dejó la cama en medio del patio.
Se quedó mirándola un momento.
—A ver qué escondes… —murmuró.
Tomó el hacha.
No quería cargarla entera al día siguiente. Lo mejor era partirla y separar las tablas.
Levantó el hacha y golpeó.
CRACK.
La madera se abrió un poco.
Volvió a levantarla.
Segundo golpe.
La grieta se hizo más grande.
Tercer golpe.
Un pedazo del marco se desprendió.
Don Manuel respiró hondo. El esfuerzo le hacía doler la espalda, pero siguió trabajando.
Levantó el hacha por cuarta vez.
La dejó caer con fuerza.
Entonces ocurrió algo extraño.
No fue el sonido normal de la madera rompiéndose.
Fue diferente.
Un golpe hueco.
Como si algo dentro de la cama se hubiera liberado después de muchos años atrapado.
“PUM”.
Don Manuel se quedó inmóvil.
Bajó el hacha lentamente.
La grieta en la madera se abrió un poco más… y de su interior cayó algo pequeño envuelto en una tela vieja cubierta de polvo.
El viejo frunció el ceño.
Se agachó.
Tomó el objeto con manos temblorosas.
Era un pequeño paquete… escondido dentro de la estructura de la cama.
Don Manuel tragó saliva.
No tenía idea de cuánto tiempo llevaba allí.
Pero en ese momento, una sensación extraña recorrió su pecho.
Una sensación que le decía que aquella cama… no había llegado a sus manos por casualidad.
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