Aquel centro se convirtió en el modelo para otros diez que se abrieron en todo México. La Dra. Elena Sosa publicó un libro titulado “El Efecto Tadeo”, el cual fue traducido a doce idiomas y revolucionó la fisioterapia a nivel mundial.
Chuy, el joven de la obra, se convirtió en el jefe de mantenimiento del centro, agradecido por la pierna que Tadeo y Mateo salvaron. Lucía, la niña del silencio, creció para convertirse en una talentosa pianista, demostrando que sus manos, una vez cerradas por el miedo, tenían música dentro.
Y Tadeo… Tadeo nunca olvidó su tina de aluminio. La conservó en una vitrina en la entrada del hospital, con una placa que decía:
“Aquí comenzó el milagro. No por el metal, sino por el agua; no por el agua, sino por el amor.”
Cada vez que un nuevo paciente llegaba sintiendo que su vida se había terminado, Mateo o Tadeo los llevaban frente a esa tina y les contaban la historia del niño que saltó la barda.
Porque en ese rincón de México, aprendieron que la medicina más poderosa no se vende en las farmacias, sino que se cultiva en el jardín del corazón y se entrega con la humildad de quien sabe que todos, absolutamente todos, somos raíces de un mismo árbol.
FIN DE LA HISTORIA ADICIONAL.
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