Caminé por las calles empedradas de San Miguel. con mi maleta arrastrando sobre piedras irregulares y cada paso me alejaba de la casa que construí pero nunca habité. El pueblo se veía igual pero diferente, más turístico ahora, con gringos caminando en shorts y cámaras colgando de cuellos quemados por sol. Las casas coloniales pintadas de colores brillantes escondían la pobreza que yo recordaba de mi juventud. Gentrificación disfrazando realidad de que mayoría de locales todavía vivían con menos de lo necesario.
Pasé frente a la iglesia donde me había casado a los 19 con hombre que me abandonaría 13 años después por secretaria de su taller mecánico, dejándome con tres hijos y deudas que no podía pagar. Ese abandono había sido catalizador de todo. La razón por la que tuve que elegir entre morir lentamente de hambre en San Miguel o arriesgar todo cruzando frontera hacia vida desconocida. La gente mayor sentada en banquetas me miraba con curiosidad, algunos reconociendo mi cara, pero sin ubicar de dónde.
Otros simplemente viendo a otra mujer pobre más cargando vida en maleta rota. Encontré la casa de Licha en las afueras del centro, donde las calles empedradas se convertían en tierra. Y las casas bonitas se volvían estructuras de adobe y lámina. Su casa era exactamente como la recordaba, pequeña y humilde, con macetas de geranios en ventana y cortina desteñida cubriendo entrada. Toqué la puerta de madera astillada con nudillos que todavía temblaban de confrontación con mi familia y escuché movimiento adentro.
Cuando Licha abrió, su cara arrugada se iluminó con sonrisa que llegaba hasta sus ojos café oscuro llenos de bondad genuina. Esperanza. Ay, Dios mío, mi hija. Me abrazó con fuerza de mujer acostumbrada a trabajo duro y en ese abrazo se rompió algo dentro de mí que había estado contenido durante horas. Empecé a llorar en su hombro y ella me dejó murmurando palabras de consuelo mientras me jalaba dentro de su casa que olía a frijoles cocinando y tortillas hechas a mano.
No preguntó por qué lloraba, no preguntó por qué había llegado así, solo me sentó en su única silla cómoda y me puso taza de café de olla caliente en manos temblorosas. Ya estás en casa, mija, dijo con convicción absoluta. Y en ese momento supe que había hecho bien en regresar, que esta prueba, aunque dolorosa, era necesaria. Lo que pasaría en las siguientes semanas revelaría verdades que cambiarían todo, pero primero tenía que vivir la mentira hasta sus últimas consecuencias.
La casa de Licha tenía dos cuartos pequeños, uno donde ella dormía y otro que usaba para guardar sus cosas de vender tamales en el mercado. Me ofreció su cama insistiendo que ella dormiría en petate en la sala, pero yo rechacé y tomé el petate yo misma. Durante 23 años había dormido en colchones baratos, sofás prestados, hasta en piso de cuarto compartido cuando recién llegué a Los Ángeles. Así que Petate Delicha se sentía casi lujoso comparado con esos primeros años de supervivencia.
Esa primera noche en su casa me acosté mirando techo de lámina oxidada, escuchando perros ladrar a lo lejos y música de cantina cercana, y procesé todo lo que había pasado. La crueldad de mi madre había excedido incluso mis expectativas más bajas y eso dolía de maneras que no anticipé. Una cosa es saber intelectualmente que tu familia probablemente no te ama. Otra cosa es escuchar esas palabras salir de boca de mujer que te parió. Cerré ojos y me obligué a recordar por qué estaba aquí, por qué había elegido esta humillación voluntaria.
Necesitaba saber la verdad antes de tomar decisiones que afectarían el resto de mi vida y el futuro de mi dinero que había ganado con sangre y lágrimas. A la mañana siguiente, Licha se levantó a las 4 para empezar a hacer tamales que vendería en el mercado. Yo me levanté también ignorando sus protestas de que descansara y trabajamos lado a lado en su cocina diminuta, envolviendo masa en hojas de maíz, con manos que se movían en sincronía desarrollada por años de trabajo similar.
Ella me contaba del pueblo, de quién había muerto, quién se había casado, quién había tenido hijos. me contó que mis hijos venían a visitarla ocasionalmente, más por obligación que por cariño real, y que siempre preguntaban si yo todavía mandaba dinero. “Les digo que sí”, confesó Licha con tristeza en voz. “Pero veo en sus ojos que solo les importa el dinero, no tú.” Sus palabras confirmaban lo que sospechaba, pero dolían de todos modos. Había enviado dinero religiosamente durante 23 años, nunca faltando un mes, sacrificando mis propias necesidades para asegurarme de que ellos tuvieran todo.
Y en algún punto del camino ese dinero se había convertido en mi único valor para ellos. Pero ese detalle aún no lo entendía completamente. No entendía que dinero tiene poder de revelar verdadera naturaleza de personas, tanto como revela su codicia. Fuimos juntas al mercado a las 6 de la mañana, cuando el sol apenas empezaba a pintar el cielo de naranja y rosa. Licha tenía su puesto habitual, espacio pequeño entre vendedora de flores y señor que vendía quesos.
Y ahí armamos nuestra estación con vaporera de aluminio vieja y manteles de plástico. Los tamales se vendieron rápido porque Licha tenía reputación de hacer los mejores de San Miguel, receta que heredó de su abuela y que guardaba como secreto sagrado. Yo me quedé en el puesto ayudándola a servir clientes mientras ella cobraba. Y era extrañamente reconfortante volver a este trabajo honesto después de años dirigiendo empresa desde oficina con vista a downtown Los Ángeles. Una señora mayor me miró con reconocimiento y preguntó si yo no era la esperanza que se fue al norte y abandonó a sus hijos.
La palabra abandonó cayó como piedra en agua quieta creando ondas de incomodidad. Le respondí que sí, que era yo. Y ella chasqueó lengua con desaprobación antes de irse sin comprar. Licha me tocó el brazo con gesto de consuelo. No les hagas caso, mija. La gente habla lo que no sabe. Al mediodía apareció mi hermana refugio en el mercado con dos de mis nietos adolescentes de 16 y 14 que no veía desde que eran niños pequeños. Iban vestidos con ropa de marca cara, tenis Nike último modelo cargando bolsas de tiendas boutique.
Refugio me vio en el puesto de Licha y su cara mostró mezcla de satisfacción y desprecio, como si mi posición vendiendo tamales confirmara todo lo que había dicho sobre mí siendo fracasada. Se acercó con sonrisa falsa que no llegaba a sus ojos. Mira nada más. Esperanza vendiendo tamales. Qué apropiado. Sus palabras destilaban veneno disfrazado de observación casual. Los nietos me miraban con curiosidad mezclada con vergüenza, como si yo fuera pariente pobre que preferirían no conocer en público.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»