Por primera vez en años condujo sin escoltas, sin comitiva, sin cristales oscuros que lo separaran del polvo y de la mirada de la gente. A medida que la ciudad quedó atrás, el paisaje se volvió áspero y humilde. Tierras secas, gallinas sueltas, talleres improvisados, postes vencidos, niños jugando con llantas. Todo aquello existía en el mismo país donde él vendía departamentos con piscinas climatizadas y rooftops de diseño.
La culpa no se parecía a ninguna otra emoción que hubiera sentido.
No era solo remordimiento.
Era una especie de incendio frío que le mostraba, por fin, la proporción exacta de su ceguera.
Llegaron al atardecer.
La capilla era pequeña, de paredes descascaradas. Detrás, entre matorrales y láminas oxidadas, había una construcción baja de adobe resquebrajado. De la chimenea improvisada salía un hilo tenue de humo.
Emiliano bajó del coche y las piernas le temblaron.
—Recuerda —dijo Ignacio en voz baja—. Si ella dice vete, te vas. No insistas. No levantes la voz. No toques a los niños sin permiso. Hoy vienes a pedir perdón, no a reclamar nada.
Emiliano asintió.
Avanzó hasta la puerta.
Tocó una vez.
No hubo respuesta.
Tocó de nuevo, con más suavidad.
Se oyó dentro un movimiento leve, luego el llanto breve de un bebé, otro después, como eco.
La puerta se abrió apenas unos centímetros.
Lucía apareció envuelta en un suéter gris demasiado grande, el cabello suelto sobre los hombros, el rostro delgado, más pálido de lo que lo recordaba. Estaba todavía hermosa, pero no con la belleza pulida de los años de riqueza. Sino con esa otra belleza terrible de las personas que han sufrido sin perder del todo la ternura.
Cuando lo vio, no gritó.
No retrocedió.
Solo apretó los labios, como si una herida antigua acabara de abrirse otra vez.
—Lucía… —dijo Emiliano.
Ella sostuvo la puerta.
—No.
Solo eso.
Una sílaba pequeña.
Y, sin embargo, Emiliano sintió que merecía ser expulsado del mundo.
—Sé que no tengo derecho a venir —continuó él con la voz baja, quebrada—. Sé que no merezco que me escuches. Pero necesito decirte la verdad. Ya sé lo que hizo Valeria. Ya sé lo que te hice yo. Ya sé que estabas embarazada aquella noche.
Los ojos de Lucía brillaron al instante, aunque no lloró.
—Lo supiste demasiado tarde.
—Sí.
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