Lucía lo miró desde el tendedero.
—Todavía los malcrías cuando se quejan por nada —dijo.
Él alzó una ceja.
—Eso dice la mujer que les canta en la madrugada aunque ya estén dormidos.
Ella bajó la vista con una media sonrisa involuntaria.
Fue un gesto pequeño.
Pero hacía un año habría parecido imposible.
Su relación no había regresado a donde estaba antes.
Nunca regresaría.
No podía.
Lo que existía entre ellos ahora no era la inocencia de un matrimonio joven ni el lujo despreocupado de una pareja poderosa. Era algo más frágil y, al mismo tiempo, más verdadero: una reconstrucción consciente, hecha de verdad, límites, ternura cuidadosa y memoria del daño.
Esa noche, después de acostar a los niños, Lucía salió a la terraza con dos tazas de té. Le ofreció una a Emiliano. Él la recibió como si fuera un acto solemne.
Se quedaron escuchando grillos y viento.
Al cabo de un rato, Lucía habló.
—A veces todavía sueño con aquella noche. La del vestíbulo. Me despierto sintiendo que van a arrancarme a los niños del vientre.
Emiliano cerró los ojos.
—Yo también sueño con esa noche.
—¿Y qué pasa en tu sueño?
Él tardó en contestar.
—Lo mismo de siempre. Tú intentas hablar. Y esta vez te escucho. Pero despierto antes de arreglarlo.
Lucía apretó la taza entre ambas manos.
—No podemos arreglar aquella noche.
—No.
—Solo podemos decidir qué hacemos con todas las noches que vienen.
Él la miró.
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