Sus ojos se llenaron de lágrimas.
“Por no pagarte.”
Algo dentro de mí se rompió.
“No me debes nada, Doña Carmen.”
Apenas negó con la cabeza.
“Sí, lo hago. Pero no es dinero lo que vas a recibir.”
No entendí esas palabras.
Dos días después, cuando llegué, el vecino de enfrente estaba parado en la puerta con los ojos rojos.
Yo ya sabía la noticia antes de que ella hablara.
“Falleció al amanecer, hijo.”
Entré en la casa con la sensación de que mis pies no respondían.
Todo seguía exactamente igual.
La taza sobre la mesa.
La vieja radio.
El bastón apoyado junto a la cama.
Pero ella ya no estaba allí.
La funeraria se la había llevado unas horas antes, y sus hijos —a quienes yo nunca había visto— me habían dicho por teléfono que no llegarían hasta el día siguiente.