“Mia, ¿cómo suenan esos susurros?”
“Como dos personas. Hablando muy bajo. A veces rascándose.”
“¿Desde cuándo ocurre esto?”
“Hace mucho tiempo. Quizás desde el verano.”
Era octubre.
Llevaba meses oyendo algo.
—Se lo conté a mi profesora —añadió en voz baja—. Mamá se enfadó. Dijo que estaba avergonzando a la familia.
La mandíbula de Tom se tensó.
Miró a Janet.
“Traigan al sargento Cordero. No a la patrulla. A él.”
LA CASA DONDE NUNCA PASA NADA
Doce minutos después, dos coches patrulla entraron silenciosamente en la calle sin salida.
El sargento Ray Cordero llamó a la puerta. Un hombre en bata de baño respondió, confundido y avergonzado.
“Se recibió una llamada al 911 desde esta dirección”, dijo Cordero.
La madre apareció detrás de él. A la defensiva, antes de que alguien la acusara de nada.
—Fue Mia —dijo secamente—. Tiene mucha imaginación.
“¿Ella ya ha llamado antes?”
“No es una llamada al 911. Pero ella le dice a la gente que hay algo debajo de su cama. No es cierto.”
“Seguiremos echándole un vistazo.”
Arriba, paredes rosas. Estrellas que brillan en la oscuridad. Lámpara de noche con forma de luna creciente.
Y una niña de cinco años en un rincón, abrazando un osito de peluche.
Ella no lloró.
Ella señaló.
EL GOLPE QUE SONÓ MAL
El agente Rayden revisó debajo de la cama.
Polvo. Juguetes. Nada.
“Está claro”, dijo.
Mia no se movió.
Su dedo se movió, pero no en el espacio debajo de la cama.
En el piso que está debajo.
Cordero lo notó.
“Toca la tabla.”
Rayden golpeó suavemente el suelo de madera.
Hueco. Hueco. Hueco.
Ruido sordo.
Diferente.
“Mueve la cama.”