> “Ya he perdido algo muy importante… ahora solo quiero vivir en paz.”
Nos acercamos de forma natural, sin prisas, sin promesas grandiosas — solo respeto y cariño.
La gente comentaba:
> “Ella es tan joven… ¿qué ve en un hombre de su edad?”
Pero no me importaba.
A su lado, sentía paz — algo que nunca había sentido antes.
Un día, él me dijo:
> “Luana, quiero conocer a tu madre. Ya no quiero esconder nuestra relación.”
Me puse nerviosa.
Mi madre siempre había sido desconfiada y protectora.
Pero si lo que sentíamos era verdadero, no había motivo para temer.
El domingo siguiente, Ricardo llegó a casa con un ramo de margaritas — las flores favoritas de mi madre, que yo había mencionado una vez por casualidad.
Llegamos tomados de la mano, y él parecía tranquilo… hasta que el portón se abrió.
Mamá estaba regando las plantas.
Cuando se dio la vuelta y nos vio, se quedó paralizada.
Soltó la regadera, llevó la mano a la boca y, de repente, corrió hacia Ricardo — lo abrazó con fuerza, llorando como si hubiera visto un fantasma.
> “¡Dios mío… Ricardo?! ¿Eres tú de verdad?!”
Me quedé sin reacción.
Ricardo se quedó inmóvil, con la voz temblorosa:
> “¿Helena?… No puede ser…”
Los miré a ambos, sin entender nada.
Mi madre sollozaba, con las manos temblando:
> “Veinte años, Ricardo… veinte años pensando que habías muerto…”
Mi corazón se aceleró.
Sus lágrimas, su expresión, ese silencio tan pesado…
Y en ese instante, comprendí:
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»