ANUNCIO

Una joven de 20 años se enamoró de un hombre de más de 40 — pero cuando lo presentó a su madre, ella lo abrazó llorando… porque era alguien muy especial para ella…

ANUNCIO
ANUNCIO

> “Ya he perdido algo muy importante… ahora solo quiero vivir en paz.”

Nos acercamos de forma natural, sin prisas, sin promesas grandiosas — solo respeto y cariño.

La gente comentaba:

> “Ella es tan joven… ¿qué ve en un hombre de su edad?”

Pero no me importaba.

A su lado, sentía paz — algo que nunca había sentido antes.

Un día, él me dijo:

> “Luana, quiero conocer a tu madre. Ya no quiero esconder nuestra relación.”

Me puse nerviosa.

Mi madre siempre había sido desconfiada y protectora.

Pero si lo que sentíamos era verdadero, no había motivo para temer.

El domingo siguiente, Ricardo llegó a casa con un ramo de margaritas — las flores favoritas de mi madre, que yo había mencionado una vez por casualidad.

Llegamos tomados de la mano, y él parecía tranquilo… hasta que el portón se abrió.

Mamá estaba regando las plantas.

Cuando se dio la vuelta y nos vio, se quedó paralizada.

Soltó la regadera, llevó la mano a la boca y, de repente, corrió hacia Ricardo — lo abrazó con fuerza, llorando como si hubiera visto un fantasma.

> “¡Dios mío… Ricardo?! ¿Eres tú de verdad?!”

Me quedé sin reacción.

Ricardo se quedó inmóvil, con la voz temblorosa:

> “¿Helena?… No puede ser…”

Los miré a ambos, sin entender nada.

Mi madre sollozaba, con las manos temblando:

> “Veinte años, Ricardo… veinte años pensando que habías muerto…”

Mi corazón se aceleró.

Sus lágrimas, su expresión, ese silencio tan pesado…

Y en ese instante, comprendí:

Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»

ANUNCIO
ANUNCIO