Una hora antes de la ceremonia, oí a mi prometido susurrarle a su madre: «No la amo. Me caso con ella por la casa».
Se me heló la sangre: la boda se celebraría en la propiedad de mi madre. Entré sigilosamente, cerré la puerta con llave, me quité el vestido de novia... y me cambié.
Cuando volví a salir, se hizo el silencio. Lo miré a los ojos y le dije:
«Se acabó».
Entonces hice una sola llamada: anulé el matrimonio, invalidé los documentos y embargué legalmente todos mis bienes, para que quedaran completamente fuera de su alcance. Algunos matrimonios no necesitan un novio; solo necesitan la verdad.
—
Los escuché una hora antes de la boda.
El jardín parecía una página de revista: hileras de sillas blancas, guirnaldas de luces entre los árboles, flores por todas partes. La casa de mi madre era perfecta: el tipo de lugar que atesora generaciones de recuerdos, amor e historia.
Yo estaba detrás de la puerta de la cocina, con el ramo en la mano, congelada como si mi cuerpo hubiera olvidado cómo moverse.
Deborah, su madre, soltó una risita.
«Solo tienes que aguantar hasta los votos», susurró. «Después... nos tocará a nosotros».
—Es nuestro —repitió Caleb, como si estuviera saboreando un trofeo.
Se me hizo un nudo en el estómago.
Porque esta casa —la casa de mi madre— no era un premio. Era todo lo que quedaba de mi padre, el lugar que mi madre había luchado por conservar tras su divorcio, el lugar en el que había invertido cada euro extra para repararlo, la bóveda de nuestros recuerdos.
Y quería reivindicarlo como si fuese un simple botín.
La voz de Caleb era tranquila y segura.
«Cree que es romántico. No se da cuenta de que, una vez casados, puedo usarlo. Venderlo. Ponerlo como garantía».
Deborah tarareó, satisfecha.
"¿Y si se resiste?"
Caleb sonrió levemente.
"No se resistirá. Evita los conflictos".
Se me hizo un nudo en la garganta, no porque fuera débil, sino porque había confiado en él.
Me alejé antes de que me vieran, tan entumecida que ni siquiera me temblaban las manos. Entré al baño, giré la llave y me miré en el espejo.
Vestido blanco. Perlas. Peinado perfecto. La imagen ideal de una novia.
No lloré. No grité. Simplemente me miré... hasta que comprendí la verdad: no se casaba conmigo. Estaba comprando acceso.
Abrí el grifo, me eché agua fría en la cara y susurré:
"Está bien".
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