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Un padre volvió del ejército y encontró a su hija en un basurero, lo que hizo después dejó a todos en silencio.

Tampoco encontró los dibujos infantiles que solían adornar la puerta del refrigerador, pequeñas obras de arte llenas de colores y amor. No quedaba ninguna señal de que una niña hubiera reído o jugado en esa casa. La ausencia de Susana era un grito mudo que resonaba en cada objeto ordenado y en cada superficie pulcra.

Dejó su mochila junto a la pared, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda a pesar del calor de su uniforme. Justo cuando se disponía a buscar en las habitaciones, unos pasos suaves y medidos provinieron de la cocina. No era el andar juguetón de su hija, sino uno desconocido y cauteloso.

Renata Cordero apareció en el umbral, con las manos todavía húmedas y el cabello rizado cayéndole sobre los hombros. Vestía un elegante vestido azul de manga corta y su rostro maquillado con una sutileza estudiada mostraba una expresión serena. Sus labios estaban pintados de un tono naranja que Gustavo nunca le había visto.

Por un instante, sintió que observaba a una completa extraña dentro de su propia casa. La mujer que tenía enfrente no era la misma que despidió 3 años atrás. Había una frialdad en su mirada, una distancia que el maquillaje no podía ocultar y que lo heló hasta los huesos.

— Vaya, has vuelto. No esperaba que llegaras tan pronto. ¿Por qué no llamaste? —dijo Renata con una sonrisa forzada mientras se secaba las manos en un delantal impecable. Su voz sonaba controlada, casi ensayada, desprovista de la alegría que él habría esperado tras tanto tiempo.

Gustavo la ignoró, su propia voz saliendo grave y directa, sin dar espacio a saludos o formalidades vacías.

— ¿Dónde está Susana, Renata?

La pregunta quedó suspendida en el aire tenso, cargada de una urgencia que lo consumía por dentro. Quería respuestas, no excusas.

Ella se detuvo apenas un segundo, un parpadeo casi imperceptible que delató su sorpresa. Luego caminó hacia la mesa del comedor, apartó una silla y se sentó con una naturalidad fingida. Su calma era una muralla diseñada para desarmarlo, pero solo logró aumentar su inquietud.

— Ah, la niña está pasando unos días con mi prima Marita —respondió ella, desviando la mirada hacia la ventana—. Últimamente ha estado muy caprichosa. Se ha vuelto una niña muy rebelde y yo no tengo paciencia para lidiar con esas cosas. Me tiene completamente agotada, la verdad.

Gustavo frunció el ceño, agachándose para quitarse las botas lentamente sin apartar la vista de ella.

— ¿Qué prima? No recuerdo que tuvieras una prima llamada Maritza.

Cada palabra de ella sonaba como una pieza mal encajada en un rompecabezas que no tenía sentido.

— Claro que sí, vive en San Jerónimo del Monte, un pueblo bastante lejos de aquí —replicó Renata, apretando los labios—. Pensé que un poco de distancia nos vendría bien a las dos. Necesitaba un respiro. Te daré su número en un momento para que te quedes tranquilo.

Él se incorporó, sintiendo cómo la atmósfera en la habitación se volvía cada vez más densa y opresiva. El tic tac del reloj de pared era el único sonido que marcaba el paso de un tiempo que parecía haberse detenido. La mentira de Renata era tan palpable que casi podía tocarla.

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