Una tarde tranquila, durante un partido, Oliver susurró:
"Mamá…"
El corazón de Evan se detuvo.
Nora no entró en pánico. Sonrió suavemente.
"Eres muy valiente", dijo.
Pero alguien allá arriba estaba escuchando.
Y esa presencia no era amable.
La mujer que parecía un recuerdo
Una semana después, sonó el timbre.
Evan regresó con una mujer que se parecía exactamente a su difunta esposa.
El mismo pelo. Los mismos ojos. La misma voz.
Oliver gritó.
—Hola, cariño —dijo la mujer suavemente—. La tía Celeste está aquí.
Ella besó la frente de Oliver.
Su cuerpo tembló.
Evan los presentó. «Nora, ella es Celeste. La hermana de mi esposa».
Celeste sonrió, fría y mesurada.
“Confío en que estés cuidando bien de nuestra familia”.
La palabra nuestro me pareció incorrecta.
La casa se enfría de nuevo
Después de que Celeste llegó, Oliver se retiró.
Dejó de comer. Dejó de responder.
Nora notó miedo, no tristeza.
Una tarde, escuchó a Celeste susurrar.
“Si hablas”, murmuró, “pasan cosas malas”.
A Nora se le heló la sangre.
Pronto, siguieron mentiras. Notas. Medias verdades. Evan se confundió.
A Nora ya no se le permitía estar sola con Oliver.
El niño se desvaneció.