Fuimos por respeto a Ernesto. Yo intenté mantener distancia, pero Graciela se acercó cuando había varias personas alrededor y dijo, con suficiente volumen para que todos oyeran:
—Una mujer que abre las piernas también puede abrir un sobre falso. A mí no me engañan esos papeles.
No mencionó a Valentina, pero todos entendieron.
Yo la miré y, por primera vez, no sentí miedo ni vergüenza. Sentí claridad.
—Tiene razón, señora —le dije—. A veces las pruebas incomodan mucho. Sobre todo cuando revelan pecados viejos.
Su rostro cambió.
Fue apenas un segundo, pero lo vi.
Miedo.
Esa misma noche le dije a Ernesto que aceptaría una reunión familiar solo con una condición: que Diego y Paola se hicieran una prueba de paternidad con él.
Ernesto se quedó confundido.
—¿Para qué? Ellos son mis hijos.
—Yo también sabía que Valentina era hija de Diego —respondí—. Y aun así me obligaron a probarlo.
Diego me miró sin entender. Graciela se enteró al día siguiente y llamó hecha una furia.
—¡Cancelen esa estupidez! —gritó por teléfono—. ¡Mariana los está manipulando!
Y ahí entendí que Clara no había mentido.
Habíamos tocado la puerta exacta.
PARTE 3
El resultado de Paola llegó primero.
Compatibilidad con Ernesto: 99.98%.
Mi cuñada era hija de mi suegro.
El de Diego tardó unas horas más. Cuando el correo del laboratorio apareció en mi celular, no lo abrí. Le pedí a Ernesto que viniera a casa. Diego estaba sentado en la sala, pálido, con Valentina dormida sobre una cobija a su lado.
Graciela también llegó, aunque nadie la invitó. Entró alterada, diciendo que todo era una trampa, que yo quería destruir a su familia porque no soportaba haber sido descubierta como “mujer conflictiva”.
Ernesto abrió el documento.
No habló.
Sus manos empezaron a temblar.
Diego se levantó.
—Papá…
Ernesto le entregó el teléfono.
Compatibilidad paterna: 0.9%.
El silencio fue brutal.
Graciela se llevó una mano al pecho.
—Eso está mal.
—¿Quién es Rafael? —pregunté.
Diego volteó hacia mí. Ernesto también.
Graciela me miró con odio.
—Cállate.
—No —dijo Ernesto, con una voz que nunca le había escuchado—. Ahora habla tú.
Ella intentó negarlo. Dijo que no sabía, que tal vez el laboratorio había sido manipulado, que yo había pagado para inventar todo. Pero Ernesto no le creyó.
—Me hiciste dudar de mi nuera por el color de una bebé —dijo él—. Humillaste a una recién nacida. ¿Y todo este tiempo estabas escondiendo esto?
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