Doblé una blusa. Luego otra. Mis movimientos eran lentos, casi automáticos, como si alguien más estuviera decidiendo por mí.
En la mesa, la foto de mi esposo me observaba.
Me acerqué.
“Viejo…” susurré, con una sonrisa que no logró sostenerse. “Creo que ya entendí.”
Sentí cómo los ojos se me llenaban de lágrimas.
“En esta casa… ya no hago falta.”
Cerré la maleta.
Y justo cuando la tomé para salir… escuché el sonido de unas llaves girando en la puerta principal.
El sonido de la llave girando me hizo quedarme inmóvil.
Por un instante pensé que era mi imaginación. Que el silencio me estaba jugando una mala pasada. Pero no. La puerta se abrió lentamente, dejando entrar un hilo de luz y… pasos apresurados.
“¿Mamá?”
Era la voz de Carlos.
Mi corazón dio un vuelco. No por alegría. No exactamente. Fue más bien… confusión.
Apreté con fuerza el asa de la maleta. No me moví. No sabía si esconderla, si disimular, o si simplemente quedarme ahí, como si nada pasara.
Los pasos se acercaron.
Y entonces apareció en la puerta de la habitación.
Se detuvo en seco.
Sus ojos bajaron… directo a la maleta abierta sobre la cama.
“¿Qué es esto?” preguntó, frunciendo el ceño.
No sonaba molesto. Sonaba incómodo. Como si hubiera entrado en un lugar donde no quería estar.
Tragué saliva.
“Nada… estaba acomodando unas cosas,” respondí, evitando su mirada.
Silencio.
Pesado. Denso. Como si cada segundo pesara más que el anterior.
Carlos soltó una pequeña risa nerviosa, de esas que no tienen nada de gracia.
“Mamá, no exageres… solo fuimos a comer, tampoco es para que—”
“No voy a esperar a que regresen,” lo interrumpí suavemente.
Mi propia voz me sorprendió. No temblaba.
Él levantó la vista.
Por primera vez… me miró de verdad.
“¿Cómo que no vas a esperar?”
Respiré hondo.
“Me voy, Carlos.”
Las palabras quedaron flotando entre nosotros.
Simples. Claras. Irreversibles.
“¿Irte? ¿A dónde?”
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