No fue difícil. Monterrey no es tan grande cuando sabes a quién buscar… y mucho menos cuando empiezas a notar todo lo que antes dabas por hecho.
Le tomó tres días.
Tres días de preguntar, de recorrer calles que nunca había pisado, de entrar en lugares donde jamás imaginó verme.
Hasta que alguien le dijo:
“¿Buscas a Doña Elena? La que cocina… sí, está allá, en la fonda de la esquina.”
Cuando llegó, se quedó de pie en la puerta.
No entró de inmediato.
Se quedó mirando.
Y no… no me reconoció al instante.
Porque la mujer que estaba dentro no era la misma que había dejado atrás.
Yo estaba de pie frente a la estufa, moviendo una olla con calma. Llevaba un delantal sencillo, el cabello recogido, las manos ocupadas… y la espalda recta.
Había gente.
Risas.
Movimiento.
Vida.
“¿Qué le damos, joven?” pregunté sin mirar, acostumbrada ya al ritmo del lugar.
Carlos no respondió.
No podía.
Se acercó lentamente, como si cada paso pesara.
“Mamá…”
Mi mano se detuvo.
Solo un segundo.
Luego seguí moviendo la cuchara.
Como si nada.
“Enseguida lo atiendo,” dije, con tono profesional.
Pero mi voz… no era la misma de antes.
Él lo notó.
Claro que lo notó.
Se quedó ahí, de pie, sin saber qué hacer. Por primera vez en mucho tiempo… no tenía el control de la situación.
Cuando terminé, limpié mis manos con el delantal y levanté la mirada.
Nuestros ojos se encontraron.
Silencio.
Pero no era el mismo silencio de aquella casa.
Este… no dolía.
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