—Mi hija murió el día que me vendió como si yo fuera basura.

Tamara lloró.

—Estaba desesperada.

—No, Tamara. Estabas vacía.

Rosa se levantó apoyada en su bastón.

—Sal de mi tierra. No vuelvas jamás.

No hubo gritos. No hubo venganza. Solo una puerta cerrándose para siempre.

Al atardecer, Valentina se sentó a los pies de su abuela.

—¿Te duele, abuela?

Rosa acarició su cabello.

—Claro que duele, mi niña. Pero algunas heridas no se curan dejando entrar otra vez el cuchillo.

El sol bañaba La Rosaleda con luz dorada. Las rosas blancas se mecían con el viento, tercas y hermosas, como si Salvador aún caminara entre ellas.

Rosa respiró el perfume de la tierra recuperada.

Había perdido una hija, pero había salvado su nombre, su casa y a su nieta. Y mientras hubiera una sola rosa floreciendo en aquella tierra, la historia de Salvador y Rosa seguiría viva.

La Rosaleda no se vendía.

La Rosaleda se defendía.