Miró la mansión que su padre había construido.
Por la riqueza que le había costado una infancia con un padre presente.
En la lección envuelta dentro de miles de millones de dólares.
Salomón había construido un imperio y murió solo.
Cassandra había medido el amor en función de los ingresos y perdió todo lo que creía estar protegiendo.
Ezequiel comprendió entonces que el dinero no era la verdadera herencia.
La verdadera herencia fue la elección.
Elección de alejarse.
Elección de construir de forma diferente.
Elección de nunca hacer sentir pequeños a los demás para que se sientan grandes.
Él no se convertiría en su padre.
Él no se convertiría en Casandra.
Él construiría.
Pero no a expensas de la conexión.
Él invertiría.
Pero no en la gente que lo veía como un trampolín.
Y, sobre todo, nunca más volvería a encogerse para encajar en las expectativas de los demás.
Porque la libertad no eran cuatro mil doscientos millones de dólares.
La libertad era saber tu valor antes que nadie más.
Y tener el coraje de alejarse de aquellos que nunca se molestaron en verlo.