Ezekiel Blackwood nunca se sintió más pequeño que en el momento en que firmó su nombre.
El despacho de abogados de la calle 42 Oeste olía a café rancio y alfombra húmeda. Las luces fluorescentes zumbaban en el techo con un zumbido agudo e irritante que le hacía doler las sienes. La lluvia de febrero se filtraba por la ventana sucia, convirtiendo las luces de neón del restaurante de barbacoa coreana al otro lado de la calle en borrosas manchas rojas.
Frente a él estaba sentada Cassandra Merrick, con las piernas cruzadas, la espalda recta y una confianza lo suficientemente aguda como para cortar vidrio.
Ella deslizó el acuerdo prenupcial hacia él como si estuviera cerrando un trato comercial.
"Fírmalo, Zeke."
Su vestido carmesí de Armani se ajustaba a su figura a la perfección. Sus uñas, recién hechas esa mañana en el SoHo, golpeaban el escritorio con un ritmo que sugería impaciencia disfrazada de aplomo.
Ezequiel miró el documento.
Veintitrés páginas.
El resumen era sencillo: si el matrimonio terminaba, él salía sin nada.
No tenía derecho al apartamento que ayudó a amueblar.
No tenía derecho al depósito para la boda que había reunido refinanciando la casa de su difunta abuela en Queens.
No tenía derecho a la manutención conyugal.
No tenía derecho a ningún negocio futuro, sobre todo si Cassandra aportaba un solo dólar.
Era hermético.
Brutal.
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