Una vez creí que pasaría mis últimos años rodeado de mi familia, no acostado en un catre estrecho en un refugio para personas sin hogar escuchando a extraños toser en la oscuridad.
Pero el dolor tiene una forma de correr el telón y revelar verdades y secretos que nunca imaginaste.
Mi nombre es Helen. Tengo setenta y dos años.
Si alguien me hubiera dicho hace una década que terminaría en un refugio para personas mayores, durmiendo en un colchón donado con todas mis pertenencias en una sola maleta, me habría reído y le habría servido una taza de café en mi propia y cálida cocina.
Pero la vida no te avisa.
Toma silenciosamente lo que amas, una pieza a la vez, y espera a ver si encuentras la fuerza para levantarte nuevamente.
Solía tener una vida plena. Mi hijo, Mark, era mi mundo. Y mi esposo, George, construyó nuestra casa con sus propias manos, escogiendo cada clavo y cada tabla con cuidado.
Cada crujido de la escalera, cada mancha desgastada en la barandilla, cada rasguño en la mesa de la cocina contenían décadas de recuerdos.
Esa casa fue donde criamos a Mark, celebramos cumpleaños, lamentamos pérdidas y pasamos tranquilas tardes de domingo con té y pan de maíz aún caliente del horno.
Entonces el cáncer se llevó a George.
Estuve a su lado durante cada tratamiento, cada noche de insomnio, cada momento en el que el dolor le hizo temer lo que estaba por venir.
Cuando falleció, el silencio que dejó atrás era insoportable.
La casa parecía demasiado grande. Demasiado vacía. Demasiado llena de fantasmas.
Intenté quedarme allí. De verdad que sí. Pero cada invierno se sentía más frío que el anterior, y la soledad se me clavaba en los huesos como un dolor insoportable.
Cada rincón me recordaba a George.
Su silla junto a la ventana donde leía el periódico cada mañana.
Su taza favorita en el mostrador, aquella con el asa desportillada que se negaba a tirar.
El débil eco de sus rutinas matutinas, el sonido de sus botas en el porche, la forma en que tarareaba mientras preparaba café.
La casa en sí estaba envejeciendo, igual que yo. Me dolían las rodillas al subir las escaleras. El techo necesitaba reparaciones que no podía permitirme. La calefacción hacía ruidos extraños por la noche.
Para entonces, Mark se había mudado a la ciudad con su esposa, Laura, y sus dos hijos.
Una noche llamó, su voz cálida y preocupada.
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