Estaba embarazada. De un hombre que me había abandonado emocionalmente. Que probablemente ya estaba siendo papá de otro bebé.
Decidí no decirle nada. Él había elegido su camino, yo elegiría el mío.
Los meses pasaron. Mi panza crecía, mi nueva vida tomaba forma. Había hecho amigos en el hospital, había encontrado un departamento acogedor, estaba… bien. No feliz, pero bien.
Hasta que un día, en plena consulta, mi asistente entró con cara de “tenemos un problema.”
“Doctora, hay un señor que insiste en verla. Dice que es su esposo.”
Mi EX esposo estaba en la sala de espera. En MI ciudad. En MI hospital.
“¿Qué haces aquí?” le pregunté fríamente, llevándolo a mi oficina privada.
Se veía demacrado, ojoroso, como si no hubiera dormido en semanas.
“Necesito hablar contigo,” dijo con voz quebrada. “Por favor, perdóname. Cometí el peor error de mi vida. La dejé, me di cuenta de que…”
“¿Te diste cuenta de qué?” lo interrumpí. “¿De que jugar a la familia con tu amiguita no era tan divertido como pensabas?”
“Me di cuenta de que te amo. Que siempre te he amado. Que fui un completo idiota.”
“Wow. Qué revelación tan tardía.”
“Por favor, dame otra oportunidad. Podemos volver a empezar, yo…”
“No,” dije firmemente, mi mano descansando instintivamente sobre mi pancita de siete meses.
Sus ojos siguieron el gesto. Se quedó paralizado.
“¿Estás…?”
“Embarazada. Sí. De siete meses.”
Su cara pasó del shock a la esperanza en segundos. “¿Es… es mío?”
“Biológicamente, sí.”
“Entonces podemos… esto es una señal, podemos ser una familia, yo…”
“Detente ahí,” levanté la mano. “Ya es demasiado tarde para NOSOTROS. Ese barco se hundió cuando decidiste que yo era reemplazable.”
“Pero el bebé…”
“El bebé estará bien. CONMIGO. Pero si quieres ser parte de su vida, si quieres hacerte cargo como padre, podemos arreglar visitas, manutención, lo que sea necesario. Pero tú y yo como pareja, eso se acabó.”
Se derrumbó en la silla, con lágrimas en los ojos.
“Perdóname,” sollozó. “Por favor, perdóname.”
“Ya lo hice,” dije con cansancio. “Me perdoné a mí misma por haber tolerado tanto. Ahora vete. Tengo pacientes esperando.”
Se fue arrastrando los pies. Yo me quedé mirando por la ventana, acariciando mi panza.
“Bueno, bebé,” le susurré. “Tu papá es un desastre, pero tu mamá es ginecóloga, así que al menos uno de los dos sabe lo que hace.”
Y por primera vez en meses, me reí. De verdad.
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