Álvaro, el hombre que había sido despedido por decisiones turbias tomadas desde la cúpula, ahora había recibido una disculpa tardía, una indemnización y la oportunidad de empezar de nuevo. Todo porque un sobre que debería haber sido destruido acabó en manos de un chico que rebuscaba en la basura.
Un día, Augusto llamó a Rabi a la empresa y le pidió que subiera a una planta en la que no había estado nunca. No era la sala de reuniones acristalada ni el auditorio.
Era una habitación sencilla con una mesa, dos sillas y una botella de agua. Álvaro estaba dentro, no llevaba traje, vestía una camisa sencilla, estaba sin afeitar y tenía una mirada entre cansada y curiosa.
Raby no sabía qué hacer con las manos. No entendía muy bien por qué estaba allí. Augusto explicó con calma que le parecía justo que ambos se miraran a la cara.
Este chico llevaba en el brazo el documento que demostraba que lo que te hicieron estuvo mal, resumió. Álvaro permaneció en silencio durante unos segundos. Luego se levantó lentamente y le tendió la mano a Rabby sin formalidades.
Realmente no sé qué decir, confesó, pero gracias por no tirarlo a la basura. Rabby se encogió de hombros tímidamente. Simplemente no quería hacerle a ese sobre lo que tanta gente siempre me ha hecho a mí, respondió sin darse cuenta del peso de sus palabras.
Los tres permanecieron allí un rato hablando poco, en un ambiente más de respeto que de celebración. No era un día para celebrar, era un día para arreglar lo que se pudiera arreglar.
Aquella tarde, cuando abandonó la empresa, Raby sintió algo diferente. Una carta destinada a la trituradora terminó salvando a tres. Pensó confundido, pero en paz. Con el tiempo surgió el rumor de que la empresa iba a abrir un curso de formación sencillo dirigido a jóvenes de regiones como la de Raby, con transporte y refrigeradores incluidos.
Raby ayudó a colocar algunos carteles en tiendas locales. Cuando alguien preguntó: “Entonces, ¿esto es bueno? respondió sin exagerar. Aún no lo sé, pero es la primera vez que veo a alguien allá arriba que se acuerda de que también hay gente aquí abajo.
En medio de todo esto, Kayo intentaba mantenerse en pie. No estaba en prisión. No lo habían echado de su familia, pero había perdido algo que siempre pensó que nunca le faltaría.
respeto. Sus antiguos socios comerciales comenzaron a evitarlo. Algunos por temor a manchar su propio nombre, otros porque se habían beneficiado de esquemas similares y ahora temían ver otro sobrecaer en manos de algún rabi.
Por ahí en casa. El silencio entre él y Elena decía mucho más que cualquier discusión. No era perfecta, no era una santa. Pero ver a su padre mirarla a los ojos y decirle: “Me equivoqué al confiar tanto en tu marido”. Había revolucionado algo en su interior.
Elena comenzó a recordar los momentos en que sospechó algo y optó por no mirar. Desde el día en que vio que se desperdiciaban demasiados documentos hasta la forma en que Kaio siempre trataba a los empleados como piezas reemplazables.
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