—No tienes que hacer esto —susurraba—.
—Sí, lo tengo que hacer —respondía—. No como caridad... sino como disculpa.
Poco a poco, empezó a mirarme a los ojos.
Y cuando alguien intentó burlarse de él, fui yo quien intervino primero.
El “terror escolar” se convirtió en su escudo.
Pero la historia no terminó ahí.
Un jueves por la tarde, decidí seguir a Tomás después de clase.
No por desconfianza… sino porque necesitaba comprender su mundo.
Caminó más de cuarenta minutos.
Dejó atrás los barrios bonitos.
Dejó atrás los edificios.
Las tiendas.
Los parques.
Hasta que llegó a una pequeña casa de madera con techo de chapa, paredes agrietadas y una ventana rota tapada con cartón.
Allí vivía.
Desde afuera, oí a una mujer toser.
Una tos profunda y cansada.
Tomás corrió hacia adentro.
—Mamá, ya estoy en casa.
No podía moverme.
Me quedé allí, congelado.
Minutos después, la vi por la ventana.
Delgada.
Ojeras.
Manos ásperas.
Pero cuando lo miró... sonrió como si él fuera su mundo entero.
Y comprendí algo que nunca había aprendido en mi mansión:
👉La pobreza no les había quitado su dignidad.
👉La pobreza no les había quitado su amor.
👉La pobreza no les había quitado su grandeza.
Esa noche llegué a casa y, por primera vez, no me encerré en mi habitación con el teléfono.
Bajé al comedor.
Mi madre levantó la vista, sorprendida.
—¿Pasa algo, Sebastián?
Tragué saliva con fuerza.
—Sí. Lo que pasa es que he sido una basura.
Le conté todo.
Cada burla.
Cada almuerzo robado.
Cada risa cruel.
Mi madre no dijo nada durante mucho tiempo.
Luego se tapó la boca con la mano… y lloró.
No por vergüenza social.
Ni por imagen pública.
Lloró porque se dio cuenta de que había criado a un hijo con dinero... pero sin alma.
Al día siguiente, algo cambió.
Mi madre me pidió la dirección de Tomás.
Me acompañó.
Sin cámaras.
Sin conductor.
Sin comparecencias.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»