Minutos después, Renata llamó.
—No empieces con tus dramas, Laura. Estoy embarazada y necesito descansar. No voy a cancelar mis vacaciones porque tú estás de luto.
—Mi hijo acaba de morir.
—Sí, y qué horrible, neta. Pero su muerte es tu asunto, no el mío.
Laura cerró los ojos.
En ese instante entendió que no estaba hablando con su hermana.
Estaba escuchando a una extraña usando una voz conocida.
El funeral de Daniel fue un jueves.
Fueron su maestra, algunos compañeros, vecinos, amigos de Martín y Clara, la mejor amiga de Laura.
Su familia no llegó.
Mientras el ataúd blanco bajaba lentamente, Laura imaginó a su madre poniéndose bloqueador, a su padre pidiendo camarones, a Renata acariciándose la panza para una foto bonita.
Esa noche, todavía con la ropa negra puesta, Laura fue al departamento donde Renata y Óscar vivían gratis.
Abrió con su llave.
Y empezó a empacar todo.
PARTE 2
Laura no lloró mientras metía ropa en bolsas negras, platos en cajas y adornos baratos en plástico burbuja.
No rompió nada.
No gritó.
No maldijo.
Solo trabajó con una calma que daba miedo.
Cada cajón que vaciaba era un recuerdo de los años que había pagado con dinero, tiempo y dignidad.
Ahí estaban los zapatos caros de Renata, comprados el mismo mes en que le pidió a Laura dinero para “comer”.
Ahí estaba la televisión enorme que Óscar presumía en las reuniones, aunque nunca pagó renta.
Ahí estaban las fotos familiares donde todos sonreían como si fueran unidos, como si no hubieran abandonado a un niño de 12 años en su último adiós.
Laura contrató una mudanza.
Pidió que llevaran todas las cosas a casa de sus padres.
Usó la llave de emergencia que Teresa le había dado años antes.
Los cargadores dejaron las cajas en la sala, apiladas hasta casi tapar la ventana.
Luego Laura llamó a un cerrajero.
—¿Solo cambiamos la chapa, señora?
—No. Cambie todo. Quiero que ninguna llave vieja sirva.
Mientras el hombre trabajaba, Laura miró el pasillo vacío del departamento.
Martín había heredado ese lugar de su abuela. Lo prestó porque creyó en la familia.
Y esa familia lo dejó solo en el cementerio.
Cuando terminó, Laura fue a su casa, abrió la laptop y canceló cada pago automático.
Seguro médico de sus padres.
Celular de Renata.
Mensualidad del coche de Óscar.
Tarjeta del súper de Teresa.
Internet del departamento.
Ayudas pequeñas que, juntas, sumaban casi 3,000 dólares al mes.
Cada clic fue como cortar una cuerda.
No era venganza.
Era dejar de cargar a quienes nunca la cargaron a ella.
Esa misma tarde aparecieron más fotos de Cancún.
Renata frente al mar.
Óscar brindando.
Teresa con sombrero.
Ernesto sonriendo como si no tuviera un nieto recién enterrado.
Laura tomó capturas de todo.
No comentó.
No llamó.
No pidió explicaciones.
Porque ya no las necesitaba.
Tres días después, ellos regresaron.
Primero llamó Renata 14 veces.
Luego Óscar.
Luego Teresa.
Laura no contestó.
A las 10 de la noche, golpearon su puerta con fuerza.
—¡Laura, abre! —gritó Renata—. ¿Qué fregados hiciste con mi casa?
Laura miró una foto de Daniel con su uniforme escolar.
Respiró hondo.
Abrió.
Los 4 estaban afuera.
Teresa traía cara de víctima. Ernesto parecía confundido. Óscar evitaba mirarla.
Renata, con una mano sobre el vientre, parecía lista para incendiar el mundo.
—¿Dónde están nuestras cosas? —exigió Renata.
—En casa de mis papás —respondió Laura.
—¿Y por qué no podemos entrar al departamento?
—Porque ya no viven ahí.
Renata soltó una risa seca.
—Estás loca. Ese es mi hogar.
—No. Era un favor.
—No puedes echarnos así. Estoy embarazada.
—Y yo enterré a mi hijo. Aun así, encontraste forma de irte a la playa.
Teresa dio un paso al frente.
—No hables así. Somos tu familia.
Laura la miró como si por fin pudiera verla completa.
—Mi familia estuvo en el panteón. Clara me sostuvo cuando bajaron el ataúd. La maestra de Daniel lloró más que ustedes. Mis vecinos llevaron café. Ustedes estaban en Cancún.
Ernesto bajó la cabeza.
—Hija, cometimos un error.
—No fue un error. Fue una decisión.
Óscar intentó intervenir.
—Mira, Laura, sabemos que estás afectada, pero legalmente…
—Legalmente el departamento está a mi nombre. No hay contrato. Nunca pagaron renta. Y tengo mensajes donde ustedes mismos agradecen que se los presté.
Renata se puso roja.
—Qué conveniente. Como ya no tienes hijo, ahora quieres arruinarme el mío.
El silencio cayó pesado.
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