—¿Y mi firma?
—Falsificada en 3 documentos. Camila validó facturas con su usuario interno.
Mariana caminó hasta la ventana.
La Ciudad de México despertaba abajo, con tráfico, cláxones y gente corriendo como si nada.
Desde arriba todo se veía ordenado.
Pero ella sabía bien que en México muchas fachadas bonitas esconden podredumbre.
—Prepara la denuncia.
—Fraude, falsificación, abuso de confianza y uso indebido de recursos.
—Y bigamia, si firmaron en Registro Civil.
Esteban abrió 1 video.
Doña Elvira aparecía gritando:
—¡Ya firmaron! ¡Ahora sí eres la señora Luján!
Mariana soltó 1 risa amarga.
La ley no se mueve con gritos de suegra.
Ante la ley, la señora Luján seguía siendo ella.
A las 9:51, Rodrigo llegó al hotel.
No lo dejaron subir.
Mariana había dado instrucciones claras.
Llamó 15 veces.
A la 16, ella contestó.
—¿Dónde estás? —preguntó él, furioso.
—En 1 lugar que sí puedo pagar.
—Mariana, no hagas tonterías.
—¿Tonterías? ¿Como casarte con tu amante mientras tu esposa trabaja?
—Fue simbólico.
—Qué curioso. Tu mamá dijo que firmaron.
Rodrigo respiró fuerte.
—Mi mamá exagera. Tú sabes cómo es.
—Sí. Mala. Pero ahora también útil como evidencia.
—No armes escándalo. Camila está embarazada. Piensa en el bebé.
El bebé.
La palabra que todos creían que iba a convertirla en villana.
La excusa perfecta para pedirle silencio.
—Debiste pensar en ese bebé antes de pagar la boda con dinero de mi empresa.
Rodrigo se quedó callado.
—No sabes lo que dices.
—Sé más de lo que te conviene.
Y colgó.
Al mediodía, Rodrigo llegó a la casa de Lomas con Camila, doña Elvira y 5 maletas.
Venían en la camioneta blindada, todavía con listones blancos en los espejos.
El chofer abrió la puerta.
Pero la camioneta ya no encendió.
La agencia la había bloqueado por orden de Mariana.
En el portón, don Toño, el administrador, les cerró el paso.
—Señor, tengo instrucciones de no dejarlo entrar.
Rodrigo soltó 1 carcajada.
—No manches, Toño. Esta es mi casa.
—No, señor. Es la casa de la señora Mariana Salgado.
Camila se quitó los lentes oscuros.
El anillo brillaba como burla barata.
—Rodrigo, haz algo.
Doña Elvira empujó a don Toño con su bolsa.
—¡Soy la madre del dueño!
Don Toño ni se movió.
—Señora, aquí la única dueña es doña Mariana.
Mariana veía todo desde las cámaras, sentada en la oficina de Esteban.
No sintió gusto.
Sintió tristeza.
Porque esa casa ella la compró pensando en domingos con café, sobrinos corriendo, cenas decentes y 1 familia que algún día la quisiera de verdad.
No la compró para que la humillaran desde su propio jardín.
Recordó cuando firmó la escritura.
Rodrigo la abrazó por detrás y le dijo:
—Un día nuestros hijos van a correr aquí.
Nunca tuvieron hijos.
No porque Mariana no quisiera.
Sino porque Rodrigo siempre decía:
—Más adelante, amor. Ahorita no es momento.
Ahora entendía.
El momento nunca iba a ser con ella.
A las 3:40 de la tarde, Mariana aceptó vender la casa.
1 empresario de Puebla llevaba meses insistiendo.
Pagaba de contado.
Sin dramas.
Esteban la miró.
—¿Estás segura?
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