Entré a mi casa, esa casa que yo había pagado ladrillo por ladrillo, y encontré a mi nieto llorando. Lo cargué, lo abracé y le canté como le cantaba Clara a Ricardo cuando era bebé.
Entonces sonó el teléfono de la casa. Contesté.
Era Sandra.
—¿Qué haces ahí? —gritó apenas oyó mi voz.
—Tu marido me pidió cuidar al niño.
—Salte antes de que lleguen mis papás. No quiero que te vean ahí.
—¿Quieres que deje solo a tu hijo?
—Van a llegar en una hora. Solo no quiero que estés cuando entren. Hueles a gasolina, a grasa… pareces sucio. No quiero que mi familia piense que vivimos con alguien como tú.
Miré a Emiliano dormido en mis brazos.
Y por primera vez en años, lloré.
Pero mientras cerraba la puerta para irme, recordé algo que Sandra había olvidado.
Esa no era su casa.
Era la mía.
Y lo que hice después, ni mi hijo ni mi nuera pudieron creerlo.
PARTE 2
Llamé a dos muchachos del taller.
—Traigan herramientas y una camioneta —les dije—. Vamos a cambiar unas cerraduras.
Llegaron en menos de veinte minutos. No preguntaron mucho. Me conocían desde niños, sabían que yo no hacía escándalos por gusto. Mientras uno quitaba la chapa de la puerta principal, el otro cambiaba la del patio y la del portón.
Yo subí al cuarto que Sandra ocupaba con Ricardo. No toqué nada íntimo. Solo metí su ropa en cajas limpias, sus zapatos en bolsas y sus cosméticos en una maleta. Todo lo suyo quedó en el porche, bajo techo. Los muebles eran míos. La televisión era mía. El refrigerador era mío. Hasta la cama donde dormían la había comprado yo después de vender el vochito de Clara.
Cargué a Emiliano y me senté en el pasto frente a la casa. El sol estaba fuerte, pero yo sentía frío.
A la una y media llegó Sandra en una camioneta blanca con sus papás. Venía maquillada, peinada y con un vestido color crema. Cuando me vio, frunció la cara como si hubiera encontrado basura en la entrada.
—¿Qué sigues haciendo aquí? —me gritó.
Me acerqué y le entregué al niño.
—Si necesitas ayuda para recoger tus cosas, me marcas al taller.
Ella miró las cajas. Luego intentó abrir la puerta. La llave no entró.
Volvió a intentarlo.
—¿Qué hiciste?
—Cambié las cerraduras.
Su papá bajó despacio de la camioneta.
—Sandra, ¿qué está pasando?
Ella se puso roja.
—Este viejo está loco. Nos sacó de la casa.
Yo la miré con calma.
—No los saqué de su casa. Los saqué de la mía.
Sandra soltó una carcajada nerviosa.
—Ricardo, dile algo.
Pero Ricardo no estaba. Llegó diez minutos después, manejando como desesperado. Bajó del carro con los ojos húmedos.
—Papá, por favor, danos las llaves. Sandra va a disculparse.
—¿Sandra va a disculparse o tú vas a obligarla a fingir?
Él no respondió.
Entramos al taller. Sandra caminó con la nariz arrugada, cubriéndose la boca, como si el olor a aceite la estuviera matando.
—A ver —dijo, cruzada de brazos—. Perdón por gritarle. Ya. ¿Nos da las llaves? Mis papás están cansados y la gente va a llegar pronto.
Yo la observé. No había vergüenza en su cara. Solo rabia por tener que hablarme.
—¿Eso es una disculpa?
—Ay, por favor. No exagere. También puede ir a la fiesta si quiere, pero cámbiese. Póngase algo decente.
Sentí que la sangre me subía a la cabeza.
—Lárgate de mi taller.
—¿Perdón?
—Que te largues. Y no vas a volver a entrar a mi casa.
Sandra volteó hacia Ricardo.
—¿Ves? Te dije que era un resentido. Llama a la policía.
Ricardo, por primera vez, levantó la voz.
—¡No podemos llamar a la policía, Sandra! ¡La casa es de él!
Los papás de Sandra escucharon todo desde la puerta. Su madre se llevó una mano al pecho. Su padre la miró como si apenas estuviera conociendo a su hija.
—¿Es cierto? —preguntó el abogado—. ¿Viven en la casa de este señor sin pagar renta y no lo invitaron al cumpleaños de su nieto?
Sandra no contestó.
La fiesta se canceló antes de empezar.
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