
La ilusión se basa en un dominio sutil del espacio negativo.
El artista juega con huecos, nudos y fisuras para esbozar rostros, equilibrando el vacío y la materia para difuminar nuestra percepción.
Un contraste se convierte en pómulo, una astilla de corteza se transforma en pupila…
Es el mismo principio que el de las siluetas parisinas que reconocemos contra la luz: tres curvas bien colocadas bastan para crear un rostro.