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Pidió ver a su hija antes de morir… lo que ella le dijo cambió su destino para siempre.

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Al suelo, todos al suelo. Gonzalo soltó a Carmela intentando recuperar su compostura de hombre respetable. Oficial, esto es un malentendido.

Solo venía a buscar a mi sobrina. Tenemos una grabación de su visita anterior, dijo el oficial. Amenazas, intento de sustracción de menor allanamiento

Tiene derecho a guardar silencio. Mientras esposaban a Gonzalo, Carmela sonríó. La grabación de seguridad había captado todo. Ambas visitas, las amenazas, la violencia.

Gonzalo Fuentes acababa de destruir su propia libertad. La noticia del arresto de Gonzalo llegó a oídos del juez Aurelio Sánchez en menos de una hora.

Su red de informantes era eficiente. “Es un idiota”, murmuró mientras marcaba un número en su teléfono privado.

“Le dije que fuera discreto. Le dije que tuviera paciencia.” La voz al otro lado respondió con calma.

“¿Qué hacemos ahora? Gonzalo va a hablar. En cuanto lo presionen, va a negociar. Es un cobarde. Siempre lo fue. Puede incriminarte. Sabe demasiado.

Tenemos que activar el plan B. Aurelio caminó hacia su caja fuerte y la abrió.

Dentro había decenas de dispositivos de almacenamiento, videos, grabaciones, documentos que había recopilado durante décadas, su seguro de vida, pruebas de corrupción de políticos, empresarios, jueces.

Si él caía, muchos caerían con él. “Voy a hacer algunas llamadas”, dijo Gonzalo.

No va a pasar ni una noche en prisión, pero hay otro problema. La abogada peor, el jardinero Martín Reyes. Interceptamos una llamada anoche.

Está vivo y está en contacto con Dolores Medina. ¿Dónde está? San Jerónimo, en casa de su madre. La abogada va hacia allá hoy. ¿Quieres que los interceptemos?

Aurelio lo pensó un momento. No, deja que llegue, deja que se reúnan y cuando tengamos a todos juntos, resolveremos todos los problemas de una vez.

Era un plan limpio, eficiente. Pero Aurelio había subestimado a sus enemigos y eso le costaría todo.

 

Dolores llegó a San Jerónimo al mediodía. El viaje había sido largo y su cuerpo protestaba con dolores que prefería ignorar.

Su médico le había advertido que el estrés podía matarla, pero morir buscando justicia era preferible a vivir sin haberla encontrado.

La casa de Consuelo Reyes estaba igual que antes, pero esta vez la anciana la esperaba en la puerta con expresión nerviosa.

“Mi hijo está adentro”, susurró. “Pero no es el único. Hay alguien más que quiere verla”. Dolores entró.

En la pequeña sala, sentado en una silla vieja estaba Martín Reyes. Era un hombre de unos 40 años, delgado, con barba descuidada y ojos que habían visto demasiado.

“Señora Medina”, dijo levantándose. “Gracias por venir. Tiene mucho que explicar Martín, empezando por cómo es posible que Sara Fuentes esté viva.”

Martín miró hacia la puerta del cuarto trasero. No tengo que explicarlo.

Ella puede hacerlo mejor que yo. La puerta se abrió. Una mujer apareció en el umbral. Estaba delgada, demacrada, con el cabello corto y mechones blancos que antes no tenía.

Pero sus ojos eran inconfundibles, los mismos ojos que Dolores había visto en las fotografías del expediente.

Sara Fuentes estaba viva. “Señora Medina”, dijo Sara con voz ronca. “Llevo 5 años esperando este momento.

5 años escondida, viendo a mi esposo pudrirse en prisión por algo que no hizo. 5 años separada de mi hija para protegerla.

Ya no puedo esperar más. Dolores se dejó caer en una silla. Sus piernas no la sostenían. ¿Por qué?

¿Por qué tanto tiempo? ¿Por qué no habló antes? Porque no tenía pruebas suficientes. Pero ahora las tengo y quedan menos de 24 horas para salvar a Ramiro.

Sara se sentó frente a Dolores y comenzó a hablar. Su voz temblaba. Pero sus palabras eran firmes. La noche que Gonzalo me atacó, yo había confrontado a mi esposo.

Le dije que su hermano había falsificado el testamento de sus padres.

Ramiro no me creyó. Discutimos. Él bebió hasta quedar dormido en el sofá. ¿Qué pasó después?

Gonzalo llegó una hora más tarde. Tenía llave de la casa. Ramiro nunca se la quitó. Me encontró en la cocina. Traté de razonar con él, pero estaba furioso.

Me golpeó. Me caí. Todo se volvió oscuro. ¿Cómo sobrevivió? Sara miró a Martín, quien continuó el relato. Yo había vuelto a la casa esa noche

. Olvidé mis herramientas de jardinería. Vi el auto de Gonzalo afuera y algo me pareció extraño.

Entré por la puerta trasera y encontré a Sara en el suelo. Todavía respiraba.

Gonzalo estaba en la sala poniendo el arma en las manos de Ramiro dormido. Él no lo vio. Estaba demasiado concentrado. Saqué a Sara por la ventana de la cocina.

La llevé a casa de mi madre. Esa misma noche conduje 4 horas sin parar. Cuando llegamos, ella despertó. Sara tomó la palabra nuevamente.

Martín me salvó la vida, pero cuando supe que habían arrestado a Ramiro, quise regresar inmediatamente.

Martín me lo impidió. ¿Por qué? Porque Gonzalo tenía contactos en la policía, en la fiscalía.

Si yo aparecía viva, me habrían eliminado de verdad. y a Salomé también. Gonzalo la había visto esa noche escondida en el pasillo. Sabía que era testigo.

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